La niña soltera de doña Ambrosia había llevado el pañuelo a sus picarescos ojos, de súbito humedecidos por ignorada causa.

—¡Pobrecito! —exclamó con zozobra—. Se ha marchado solo. Está expuesto a que le insulten otra vez en la calle. Le darán golpes, le arrojarán lodo, manchándole la frente, el cabello, la boca, los ojos, ¡ay!, los ojos, el uniforme...

—Esto parte el corazón. ¡Pobre muchacho! —exclamó la casada—. Alguien debía salir con él.

—¡Qué falta de caridad dejarle salir solito! ¡Si yo fuera hombre...!

—La verdad es que puede sucederle alguna cosa mala —dijo Serafinita dando un suspiro.

—Usted que es su amigo —exclamó con ira la doncella volviéndose a Juan Bragas que a su lado estaba—, ¿por qué no salió con él para ampararle en caso de un atropello?

—¿Amigo? —dijo con desdén el covachuelo—. No tanto. Conocido y nada más... Nos hablamos alguna vez, paseamos juntos; pero...

—Es usted un mal amigo —gritó la muchacha con voz temblorosa—. ¡Dejarle partir sin compañía!... Esto se llama deslealtad, cobardía.

Juan Bragas se echó a reír.

—Pero...