Rezaba por todos los muertos y reía por todos los nacidos. No había bautizo, ni duelo, ni boda a que no asistiese, disfrutando de lo mejor del festín, cuando lo había. Sabía contar especies diversas de cuentos interesantes, algunos heroicos, muchos de pícaros, tahúres y guapos, y los más de devoción o de brujerías, males de ojo, miedos y otras cosas divertidas que embobaban a los chicos y a las mujeres. Ningún asunto doméstico, social ni religioso tenía para ella secretos, y era la ciencia suma en teología de aldea, en economía al pormenor, en culinaria y en filosofía burda.

A los pocos minutos, comenzó doña Fermina a querer volver de su síncope. La vieja había traído agua en una escudilla y le rociaba el rostro diciendo:

—Ya vuelve en sí; aunque para ver lo que tiene delante, más valiera que sus ojos no se abrieran jamás a la luz. Vete, te digo: tu madre te llora muerto; no turbes la paz de su alma poniéndotele delante en esa forma aborrecible.

Monsalud, sin escuchar a doña Perpetua, alzaba a su madre del suelo y cuidadosamente la sentó en su sillón. Sosteniendo con sus manos la cabeza de la infeliz mujer, le decía:

—Madre, soy yo, soy Salvador, el mismo de siempre, el hijo querido. ¿Por qué se ha asustado usted al verme? El vestido no hace al hombre.

Doña Fermina, viendo el rostro de su hijo cerca de sí, le dio mil besos amorosos; mas después apartó la cara y extendió los brazos para rechazarle.

—¡Mi hijo... francés!... —repitió con el mismo tono de angustia y terror... —¡Ese traje!... ¡Era verdad!

—¡Y el muy bribón se empeña en seguir aquí atormentándote, Ferminita! —exclamó con desabrimiento la vieja—. ¿Hase visto desvergüenza semejante?

—¿Qué delito he cometido? —dijo Monsalud con viva congoja, estrechando entre las suyas las heladas manos de su madre, y de rodillas ante ella—. ¿Qué habré yo hecho para que usted se desmaye, madre, cuando me ve, y esta buena mujer me mande huir?

—¿Qué has hecho? —repitió la madre con estupor—. Te has pasado a los franceses, estás maldito de Dios y de los hombres, tocado de herejía, perdida para siempre tu alma, y contaminada yo también por haberte parido y criado.