—¡Qué horribles palabras y qué espantosa idea! —exclamó el joven procurando reír, pero con el alma destrozada de vergüenza y dolor—. ¿Tantos males ocasiona este capote que llevo? ¡Oh!, madre querida, yo conocí que hacía mal, yo resistí, conociendo que era una falta servir a los enemigos de mi patria; pero me moría de hambre, y además mi tío tenía mucho empeño en que yo sirviera a los franceses. Una vez dado este paso, ya no puedo volver atrás, porque el honor me prohíbe vender a los que me han dado un pedazo de pan para vivir y una espada para que les defienda. Si por esto he perdido el amor de mi madre, de la única persona que en el mundo me ha querido, de la que me dio la vida, de aquella a quien he consagrado siempre la mía, será porque algunos malintencionados habrán emponzoñado su alma con bajos sentimientos.

—No, yo te amo siempre —dijo doña Fermina, no pudiendo resistir el ansia vivísima de besar a su hijo y regar con ardientes lágrimas sus mejillas, aunque doña Perpetua extendía a menudo entre los dos sus manos de cartón—; yo siempre te quiero; pero he hecho juramento ante Dios de no admitirte bajo este techo, ni darte mi bendición, ni llamarte hijo, si no abjuras tus errores y maldices tus banderas infernales, si no reniegas de ese vil rey y tornas a la patria y al deber... Mi conciencia me exigió este juramento, y lo he prestado por consejo de respetables personas a quienes debo consuelos tiernísimos en esta última desventura que ha caído sobre mí.

El joven, cubriendo con ambas manos su rostro, lloró; mas de súbito estalló una violenta indignación en su alma, y apartándose de las dos mujeres, púsose en el centro de la pieza.

—Mi honor —gritó con voz alterada y resuelta— me impide desertar; pero si pierdo el amor de mi madre, y se me arroja de mi casa porque no quiero ser desleal y perjuro, no quiero vivir. Aquí tengo una espada —añadió desenvainándola—, y no me falta valor para atravesarme con ella el corazón.

Doña Fermina se arrojó llorando en brazos de su hijo. La mujer secular permanecía silenciosa, fría, clavada en su silla, contemplando la patética escena como una estatua de cartón que dentro de su pasta encolada tuviera un alma observadora. Sus ojos negros clavábanse en el joven con aterradora fijeza.

En aquel instante entró un nuevo personaje. Era un anciano fornido y alto, de rostro sanguíneo, duro y tosco, mas no desagradable por cierto; mirar franco y campechano que le animaba y hasta le embellecía. Su cabeza calva apenas se exornaba económicamente con un cerquillo de blancos pelos esporádicos sobre las sienes y en el occipucio; su cuerpo era bravío, imponente, recio, como de varón hecho a las intemperies, a las luchas con hombres y elementos. Vestía negro traje talar, llevado con desenvoltura y abierto por delante para poder introducir fácilmente las manos en el bolsillo o cuadrarlas en la cintura, como a menudo lo hacía aquel hombre, dueño de dos manos enormes, velludas, que sabían llevar el arado, la espada y la hostia. Era don Aparicio Respaldiza, cura de la Puebla de Arganzón.

Mirando al mancebo, más bien con lástima que con rencor, le dijo:

—Ya sabía que estabas aquí, desgraciado. Te hacíamos muerto, muerto con la muerte de la deshonra, que deja el cuerpo vivo. El alma se va y queda la vergüenza.

Luego, acercándose a doña Fermina, que deshecha en lágrimas recibía consuelos y caricias de la beata, le dijo:

—¡Señora Fermina, valor!... El sentimiento materno es el más fuerte de todos. No trate usted de vencerlo: al contrario, desahogue su pecho, llore hasta mañana. Este hijo muerto es quizás perdido para siempre, y puede resucitar, si se abraza a la cruz de la patria. Yo seré el primero que le reciba en mis brazos.