—Y yo —repitió la beata, sin que se mostrasen en la engrudada máscara de su rostro, compasión, ni alegría, ni sentimiento alguno—, yo también le abriré mis brazos.
—Hijo mío —dijo doña Fermina poniéndose de rodillas ante Salvador y cruzando las manos—, vuelve en ti; deja esos hábitos infernales, abandona a los que te han seducido, torna a la patria, y recibirás la bendición de tu madre y el amor que siempre te he tenido y te tengo a pesar de tu horrible pecado. Hazlo por Jesucristo crucificado, por la religión que te enseñé, por el agua que en el bautismo recibiste, por el pan eucarístico que has recibido en tu cuerpo; hazlo por mí, por mi honor y buen nombre, que para siempre he perdido en este pueblo; por mi tranquilidad, que no recobraré sin ti; hazlo por el señor cura de nuestra aldea, que te enseñó los mandamientos y la doctrina, la lectura y escritura y el latín, con lo poco que sabes; hazlo por la santa doña Perpetua, que nos da tan buenos consejos y más de una vez te ha entretenido contándote tan bellas historias; hazlo, en fin, por todos los que te aman en esta villa y en el lugar de Pipaón, donde no sé si por ventura o eterna desdicha mía naciste.
Monsalud, enternecido por voz tan elocuente que agitaba hasta lo más hondo su alma, como la tempestad el océano, se había sentado en un escabel, y con los codos en las rodillas y la cabeza encajada entre las palmas de las manos, lloraba en silencio. El témpano colosal y endurecido de su entereza se desleía poco a poco.
—Y lo que es ahora —dijo el cura para favorecer el deshielo—, los franceses van a ser destrozados. ¡Pobrecitos de los que se unan a ellos!
—Bueno —dijo Salvador alzando de repente la cabeza—; déjenme que lo piense. Eso no se puede decidir en un momento: los que estamos acostumbrados a cumplir con nuestro deber y a obedecer a nuestros superiores...
—No hay ningún superior que tenga sobre ti más autoridad que tu madre —dijo el cura, paseándose por la habitación con las manos a la espalda—; tu madre, personificación viva de la patria, que a todos sus hijos gobierna y dirige.
Doña Fermina corrió a abrazar a su hijo, besándole cariñosamente en la frente y en las mejillas.
—Querido niño mío —le dijo—, veo que estos dos excelentes amigos te van convenciendo. Dejarás a esos perros franceses, devolviéndome la tranquilidad y poniéndome en paz con mi conciencia y con Dios. Siéntate, descansa; te esconderemos para que no puedan verte los vecinos con ese endiablado uniforme...
—Es una imprudencia que le tengas en tu casa mientras de todo en todo no se convierta, —dijo la santa con severidad.
—¿Y qué importa? —repuso doña Fermina, ofendida de la intolerancia de su consejera—. Mi hijo está arrepentido. El pobrecito estará hambriento y fatigado. Lo primero es que tenga salud.