—Puede quedarse —afirmó el cura, menos celoso que la beata—. Salvador es un buen muchacho... ha dicho que lo pensaría... Tiene buen natural y mucha inteligencia... y, sobre todo, el deber le ordena servir a la patria. Aquí donde me ves —añadió deteniéndose en medio de la estancia en actitud marcial—, estoy disponiéndome para salir por ahí con otros amigos... Ya sabes que mi puntería es la mejor de toda la tierra de Álava. Hemos decidido organizar una partidilla, para auxiliar a las de Longa. ¿Qué te parece mi proyecto? ¡Oh, admirable! Los hombres se deben a su patria, y es preciso que nosotros, los que estamos en cierta jerarquía, demos el ejemplo a los demás... La ocasión es solemne, y ningún español puede permanecer en su casa. Wellington está cerca, y es preciso ayudarle. ¿Qué tal? ¿Te animas? Yo no espero sino a que venga de Peñacerrada don Fernando Garrote, que es hombre muy entendido en guerras, para partir con él... Serás un buen escopetero, Salvador.
—Siéntate, hijo —indicó la madre observando que el joven no se entusiasmaba excesivamente con el bélico ardor de Respaldiza—. Voy a aderezar algo de comida. Estarás muerto.
—No tengo ganas de comer —respondió el mozo, profundamente abstraído.
La madre le miró con desconsuelo, viendo sin duda en su abatimiento pensativo la señal de nuevas vacilaciones.
—He dicho que lo pensaría, ¿no es eso? —murmuró Monsalud sin pensar en comer—. Pues bien: lo pensaré... déjenme pensarlo todo el día... Es cosa grave... El convoy que he custodiado y que lleva el general Maucune, sale ahora mismo; pero yo no saldré hasta mañana con el convoy grande.
La madre y los dos amigos permanecieron mudos, y sin pestañear le observaron. Luego abrazó el hijo a la madre, y sonriendo dijo:
—Volveré más tarde.
Cuando salió de la habitación, la vieja se expresó así:
—¡Perdido, perdido para siempre!
Más optimista y generoso el cura, tranquilizó a la afligida madre, diciendo: