—Es nuestro.
IX
Para mayor claridad de sucesos que han de venir, Dios mediante, no estará de más referir algunos antecedentes relativos a las principales personas de esta historia. Era doña Fermina natural de Pipaón y rama del tronco de una honradísima o hidalga familia; mas Dios quiso que en ella y su hermano tuviese fin el lustre de su casa, pues quedando huérfanos en edad temprana, mientras él derrochaba en Madrid toda la fortuna paterna, sufrió ella una desgracia irreparable que por siempre la condenó a la oscuridad y a la vergüenza, con lo cual acabó para el mundo, y en el olvido quedaron las nobles prendas de su alma y superior mérito.
Una herencia de poquísimo valor y un pleito enfadoso la obligaron a establecerse en la Puebla en 1811. Vivía allí con modestia y muy retirada; pero la trataban algunas personas, y entre ellas asiduamente doña Perpetua y el cura, que bien pronto ejercieron en su ánimo grande influencia, convidándoles a ello la gran sencillez y bondad de la piadosa mujer. Doña Fermina no era vieja aún; pero habíala desfigurado la negra tristeza que en todos tiempos llenaba su alma, y, finalmente, el pesar por la ausencia de su hijo. Los amores de este con cierta joven de la villa, y sus cuestiones y disputas con otro muchacho, hijo de acomodados padres, obligaron a doña Fermina a enviarle a Madrid, donde hizo lo que ya sabemos, y se entregó en cuerpo y alma a los franceses.
Después de la conferencia antes referida, salió Monsalud a la calle y vagó por las principales del lugar, tan ocupado por sus pensamientos que a nada atendía, ni paró la atención en la mucha gente que le miraba. Su entereza había sido muy quebrantada por la lastimosa escena de la mañana, y la deserción que antes le parecía un hecho deshonroso, contra el cual a voces protestara su pura conciencia, se le representaba al fin no solo como natural, sino como en alto grado laudable y meritorio. El grande amor que a su madre tenía, y el prestigio de las dos religiosísimas personas de que se ha hecho mención, habían trastornado sus ideas, abierto nuevas vías a su pensamiento, y cambiado el modo de ver las cosas de la vida y especialmente de la guerra.
«Es indudable —dijo para sí—, que el deber que hacia mi patria tengo anula todos los demás deberes... Al nacer contraje con mi patria el compromiso tácito de defenderla, y este compromiso anula también todos los juramentos posteriores... Váyanse los franceses con doscientos mil demonios... ¿Pero una conciencia honrada puede consentir el abandono traidor de los que nos han hecho un beneficio, y el hacer armas contra ellos, aunque sea en las filas de la patria? No; en caso de desertar renunciaré a mis grados militares, romperé mis charreteras y, dejando a los franceses, me retiraré a mi casa resuelto a no volver a tomar un fusil en la mano.»
Así discurría, balanceando su voluntad de un lado para otro, pero inclinándose más del lado de la deserción. Al fin sus pensamientos tomaron vuelo por distintos espacios, y puso en olvido a franceses y españoles. En aquel mar agitado de sus ideas sobrenadó lo que sobrenada siempre, y todo lo demás se fue al fondo. Mirando las verdes copas de árboles que se elevaban sobre los tapiales viejos de una huerta entre irregulares tejados, dijo hablando consigo mismo:
«¿Estás ahí, Jenara? Todo sigue lo mismo: árboles, casa, cielo y tierra, el aire y el sol, y lo mismo también mi corazón, que antes dejará de latir que de quererte.»
Los redobles de tambor que sonaron en las inmediaciones del pueblo le obligaron a seguir adelante.
«Como la división no se pone en marcha hasta mañana temprano —dijo—, tengo tiempo de pensar lo que debo hacer; vamos al campamento y esta noche... Esta noche veré a Jenara aunque me sea preciso degollar a su madrastra y ahorcar a su abuelo.»