Pensándolo así, fue al campamento llamado por su obligación; mas nada le ocurrió en él digno de contarse, por lo cual apresuramos la narración, acortando el día y transportando a nuestros lectores a la apacible y oscura noche, cuando Monsalud dirigiose solo y con el alma llena de ansiedades entre dulces y dolorosas, a los mismos tapiales de tierra que por la mañana vimos, descollando sobre ellos la frondosa arboleda de una huerta.

Llegó el joven, y reconocidos los contornos de la casa para ver si alguien le observaba, cerciorado al fin de que en las callejas contiguas no había curiosos ni rondadores, tomó una piedrecilla y la arrojó contra la única ventana de la casa que a la huerta daba. Luego articuló hábilmente unos silbidos que parecían el canto de un pájaro nocturno; mas ninguna señal de la casa contestó a su extraña música hasta la tercera repetición.

Abriose al fin la ventana; pero no conociendo Salvador la persona que en el oscuro hueco apareciera, y receloso de que fuera el suspicaz abuelo o la vigilante madrastra, calló y ocultose en las densas sombras que proyectaban las cercanas paredes. Poco después creyó sentir pasos en la huerta y el tenue ruido de las matas que se rozaban unas con otras apartándose para dar paso a un vestido. Acercose entonces muy quedito a la empalizada que protegía la entrada de la huerta, y que en sus tablas carcomidas tenía grietas, agujeros y hendiduras suficientes para dar paso libre a la palabra durante la noche y aun a la vista durante el día. Conocía el joven aquellos viejos maderos, la disposición de sus huequecillos y claros como se conoce el traje que se ha usado muchos años. Al pegarse a ellos, su corazón más que su oído le dio a entender que por dentro suspiraba una persona.

—Generosa —dijo aplicando los labios a una juntura por donde difícilmente podía pasar un dedo.

—Salvador —repuso desde el contrario lado una dulce y conmovida voz, como gemido del viento entre las hojas—. ¿Eres tú?

—Aquí estoy, siempre tuyo, siempre queriéndote, muriéndome, Jenara, por ti —dijo Monsalud oprimiendo su cuerpo contra las frías y duras tablas—. Dime si me has olvidado, si quieres a otro. Jenara, estás aquí y no puedo verte. ¡Maldita noche!... ¿Me has olvidado? ¿Me quieres todavía?

—Sí —repuso desde dentro la dulce voz—, te quiero. ¿Por qué has estado tanto tiempo sin escribirme? ¡Cuánto me has hecho llorar!

—Jenara —murmuró el joven apoyando su frente abrasada sobre la madera—, mete tus deditos por esta rendija de la derecha.

Dos blancos dedos aparecieron, por la rendija, moviéndose como dos culebritas. Monsalud, después de imprimir en ellos amorosos besos, los estrujó entre sus manos, hasta que la muchacha los retiró diciendo:

—Me lastimas, Salvador.