—Jenara, soy muy desgraciado, soy el más infeliz de los hombres. Déjame que te vea, pues viéndote, aunque sea un momento, me será menos penosa la vida.
—¿Por qué eres desgraciado?
—¿Por qué...? —repuso el joven vacilando—, porque no te veo, porque tu abuelo y tu madrastra no quieren que seas para mí... Jenara, por Dios, rompamos estas tablas.
—¿Estás loco? Deja las tablas como están y hablemos. Aún no sé si podré estar aquí mucho tiempo.
—¿Los de tu casa duermen?
—Sí; pero mi abuelo tiene el sueño muy ligero, y como todos hemos de madrugar mañana para ir a Vitoria, se ha acostado vestido, y al menor ruido, Salvador, saldría como un león.
—¿Te vas a Vitoria?
—Sí; el abuelo teme que los franceses destruyan esta villa. Allá estamos más seguros... ¿Irás tú por allá?
—Tal vez.
—Pero no me has dicho las causas de tu desgracia. Yo también soy desgraciada. Tengo un pesar que me destroza el alma. ¿Sabes por qué? Porque te quiero, Salvador —dijo la muchacha con acento quejumbroso—, porque te quiero mucho, porque desde hace dos años, desde que tú y tu madre vinisteis a estableceros en esta villa, te estoy queriendo.