—¿Lloras, Jenara? —preguntó Monsalud, oyendo los sollozos de su amiga.

—Sí, lloro... Pero de ti depende que me muera de dolor o que sea muy feliz. Respóndeme.

—¿A qué?

—Salvador, Salvador de mi alma, en la Puebla se ha dicho que te habías pasado a los franceses. Hoy mismo dijo mi abuelo que estabas entre los vándalos que llegaron anoche. Yo no he querido creerlo; se me ha resistido creerlo. Dime si es verdad, dime si te has pasado a los franceses; y si es cierto, Salvador, no volverás a oír una palabra de mi boca, ni me verás. Jenara ha muerto para ti. Jenara te aborrece.

Monsalud se quedó yerto y frío y sin habla. Helado sudor corría por su frente.

—Jenara —dijo haciendo un esfuerzo para atraer la palabra de su agitado corazón a sus trémulos labios—, ¿por qué has de tomar tan a pechos...?

—Contéstame pronto —repitió la voz.

El joven vaciló un momento y después dijo:

—Pues bien: es mentira.

—¡Salvador, has dicho que es mentira! —exclamó Jenara alzando la voz—. ¡Bendita sea tu boca! ¡Bendita sea tu alma! Todo mentira; invenciones de la gente, envidia también de tus buenas prendas.