—Invenciones, envidia —repitió sordamente Salvador.

—Pues tú me lo dices, lo creo —dijo la muchacha—. Nunca me has dicho sino la verdad. No sé de dónde ha sacado la gente tal noticiota. Dijeron que te habían visto hoy por el pueblo vestido con un uniforme verde y un sombrero de piel.

Monsalud calló.

—Hace un momento, Salvador mío, me quedé dormida; soñé primero con tu uniforme verde y tu sombrero de piel, adornado con un águila dorada. ¡Me causabas horror! A pesar de tanto como te he querido, viéndote de aquel modo me parecías el más aborrecible, el más espantoso de los hombres.

Salvador sentía en su garganta un cerco de hierro que le ahogaba. Era la gola con la insignia imperial. Bajando hasta su pecho le mordía el corazón, y el águila majestuosa que exornaba su frente no le hubiera quemado el cerebro con más violencia si fuera una llama. El desgraciado joven sentía en su interior una ansiedad semejante a la agonía que precede a la muerte.

—Pero después —prosiguió la joven—, tuve otro sueño mejor. Soñé que lo de pasarte a los franceses era mentira, como has dicho; soñé que volvías a la Puebla vestido de paisano, pobre, pero con honra; que volvías después de haber estado combatiendo con los franceses en las filas de Longa, de Pastor o de Mina... ¿Estás de paisano? Cuéntame lo que has hecho durante ausencia tan larga.

—Todo te lo contaré. Pero dime: si yo hubiera cometido la infamia, la deslealtad, la alevosía de servir a los franceses, ¿es cierto que habrías aborrecido al pobre Salvador, que lo mismo te quiere hoy que ayer?

—No me lo digas —contestó la joven—. ¿Por qué se quiere a las personas? ¿Por el rostro? No lo creas. Se quiere a las personas por las prendas del alma, por el valor, por la honradez, por la generosidad, por la lealtad, por la dignidad, por la nobleza.

Monsalud no oía estas palabras. Sentíalas en su corazón como saetas que se lo atravesaban de parte a parte.

—El que en una guerra como esta —continuó la joven— da de lado a sus hermanos que están matándose por echar a los franceses; el que ayuda a los enemigos, a esa caterva de herejes, ladrones y borrachos, es un traidor cobarde, un ser despreciable, un Judas. Los perros de España merecen más consideración que el que tal vileza comete. Si tú la cometieras, Salvador, no solo te aborrecería, sino que me mataría la vergüenza de haberte querido.