Monsalud apuró con resignación este cáliz de amargura. Las palabras de la fogosa doncella, juntamente con el recuerdo de la escena ocurrida en la casa materna, le hicieron comprender la inmensidad del sentimiento patrio. Todo lo que en este hay de violento y salvaje desaparece ante la grandeza de su lógica. Contra aquello, ¿qué podían José ni Napoleón con todos sus ejércitos? Sobre aquel sentimiento, sobre aquel odio de las muchachas a todo el que no fuera patriota, descansaba la inmortalidad nacional, como una montaña sobre sus bases de granito. Monsalud lo vio todo: vio aquel gigante cruel y sublime, salvaje, pero grandioso, y se inclinó ante él abrumado, vencido, resignado, comprendiendo su propia miseria y la magnitud aterradora de lo que tenía delante.

—Jenara —dijo con voz conmovida—, mete tus deditos por esta rendija. Me muero de dolor; soy el más desgraciado de los hombres.

—¿Por qué? —dijo Jenara poniendo su alma en las yemas de los dedos y echándola a la calle—. Yo estoy contenta... ¿Pero Salvador, qué es esto que toco? Un botón de metal, y otro, y otro. ¿Tienes uniforme?

—Me compré un chaquetón en Valladolid, cuando venía para acá —repuso turbado el militar—. Así se usan hoy.

—Salvador, ahora que te has movido, ha sonado contra el suelo una cosa de hierro. Parece un sable.

—¿Pues no te dije que lo tenía? Sí; me lo dieron unos guerrilleros en Nájera.

—¿Has estado con los guerrilleros? —preguntó la joven con entusiasmo—. ¡Y no me lo habías dicho! ¡Oh, con los guerrilleros! ¡Bendígalos Dios!... Salvador, entra tu mano por este agujero grande que hay más arriba... ¿Conque has estado con los guerrilleros?

La mano de Monsalud pasó de la calle al jardín, y el joven sintió sobre ella los labios de Jenara, quemándole como ascuas, que se le metían por las venas adentro hasta el mismo corazón.

—Salvadorcillo —dijo la joven, acariciando la mano de su amigo—, ¿esta mano ha matado muchos franceses?

A Monsalud, después del anterior fuego, se le heló la sangre en las venas al oír esto.