—Siempre que oigo contar hazañas de guerrilleros —prosiguió Jenara—, me acuerdo de ti. A todos me les figuro como tú, y me parece que nadie puede ganarte en valentía. Sueño con las sangrientas batallas en que perecen muchos franceses. ¡Ay!, si yo fuera hombre, no quedaría con vida ni uno solo de esos perros. Cuando voy a la iglesia y oigo al cura contarnos en el púlpito las ventajas de los guerrilleros; cuando vienen a casa los amigos de mi abuelo y hablan de las batallas ganadas por Longa y Mina, no puedo apartar de ti mi pensamiento. Me moriría de felicidad si oyera tu nombre entre tantas maravillas de valor. Los buenos soldados de España se me representan como San Miguel, ángeles armados y hermosos que destrozan al dragón. ¿Eres tú de esos, Salvador; eres tú un San Miguel? —añadía con exaltación admirable—. Dime que sí, y te querré más todavía. Dime que has matado muchos enemigos, que has defendido a España contra esos borrachos del infierno; dime que te has bañado en su sangre maldita y machacado sus horribles cabezas, y te querré más que a mi vida, te querré como a Dios... Nosotros somos Dios, Salvador; nosotros los españoles somos Dios y ellos el demonio; nosotros el cielo y ellos el infierno. Así lo dicen el cura y mi abuelo, y tienen mucha razón.
—¡Mucha razón! —repitió Monsalud por decir algo—. Jenara, tu frenesí me conmueve. Ahora veo que hay otra religión además de la que está en el catecismo: la religión de la patria. Los hombres la practican y las mujeres la sienten. Si la fe en Dios mueve las montañas, la fe de esa otra religión también las mueve. Con ella el heroísmo y el martirio son cosas fáciles... Jenara, yo te juro ante Dios que nos está mirando desde lo más alto del cielo, que haré todo lo posible para elevarme como tú hasta el último grado en la fe de la madre España. Mis proezas no han sido hasta ahora muy grandes; pero aún hay franceses en la tierra. Soy joven, fuerte, robusto: soy soldado de la patria. Morir por ella y morir por tu amor me parece lo mismo. Jenara de mi alma, quiéreme mucho.
—Salvador mío, ese es el lenguaje que me gusta oírte —dijo la muchacha—. Estamos en guerra. Todo hombre que no sea guerrero hoy no merece más qué desprecio. ¿Te gusta a ti la guerra, Salvador? Di por Dios que sí, dímelo.
—Extraordinariamente, Jenara. El corazón que no palpita por estas tres cosas, Dios, la mujer amada y la victoria, no es corazón de español ni de hombre.
Sintiose el suave estallido de algunas tablas. Jenara sacudía la empalizada.
—¿Qué haces? —le preguntó Monsalud—. Esto se mueve.
—Salvador, amigo querido de toda mi vida —dijo con pasión la muchacha—. ¡Malditas sean estas tablas que nos separan! Empuja un poco de ese lado.
—Se romperán, Jenara. Esto no es tan fuerte como parece —indicó el joven con terror.
—Quiero verte —añadió Jenara con voz que se ahogaba entre sollozos y suspiros—. Hace tanto tiempo que no te veo... y si ahora te vuelves con los guerrilleros, y tu arrojo te causa la muerte en una acción... no te veré más... ¡Ay! estas condenadas tablas no ceden.
—No —repuso el mancebo tranquilizándose.