—¡Jenara, Jenara, me estás destrozando el corazón! —exclamó el mancebo con fuego—. ¿Por qué te ríes?

—Me río de él. Y no es mal muchacho, Salvador —continuó Jenara—. Tiene buen porte, muy bueno, sí, y también excelentes cualidades, solo que no es amable ni delicado como tú, sino brusco, serio y...

—Y fatuo, vanidoso, y soplado —interrumpió Monsalud—. Veo que no te disgusta mi enemigo.

—Ni me gusta, ni me disgusta —dijo la doncella, aplicando su boquita a las hendiduras para que se oyese mejor lo que decía—. Si no lo quiero, tampoco desconozco sus buenas cualidades, especialmente el valor grande y temerario que ha mostrado en esta guerra. ¿Qué crees tú? Carlos Navarro, el hijo de don Fernando Garrote, es la admiración de esta villa y el honor de todo el país de Álava. Ha corrido por esos mundos con Longa y Pastor, y todos dicen que no han visto mozo de más arrojo y bravura. ¿Pues y su tino para la guerra? ¿Y su ciencia militar, que nadie le ha enseñado? Todo lo sabe, y es al modo de los grandes capitanes, que en un abrir y cerrar de ojos aprenden por completo el arte de pelear. Mi abuelo asegura que de Carlos Navarro a Alejandro el Grande va menos que el canto de un duro. Hace meses, cuando entró en la Puebla después de haber derrotado a los franceses, todos los habitantes de esta villa salimos, como en procesión, a vitorearle. ¡Qué día, Salvador! Yo me acordaba de ti, y hubiera querido que estuvieses aquí para ver tanto entusiasmo. Yo no cabía en mí de puro confusa, exaltada y alegre. No sé lo que pasaba en mi alma cuando vi a Carlos Navarro en su caballo blanco entrar triunfalmente cubierto de guirnaldas de flores, con la espada en la mano y el orgullo de la victoria en los ojos. ¡Ay, Salvador, me eché a llorar!

—¡Te echaste a llorar! —dijo Monsalud, con un volcán de celos dentro del pecho—. No lo digas delante de mí. Eso es un insulto, Jenara... me estás matando.

Sin añadir más palabras, golpeó con tanta violencia las tablas, que la débil empalizada vaciló. Ocupado por el dolor y los celos, que entre confusiones mil agitaban su alma, Monsalud no advirtió que en el extremo de la calleja donde tan descuidadamente departía con su tormento, había aparecido un hombre; que aquel hombre se había acercado con cautela y puéstose inmóvil y vigilante como a dos varas de la amorosa conferencia. Cuando la empalizada crujió al recibir los golpes de fuera, dio algunos pasos más hacia adelante el que parecía fantasma, y entonces le vio nuestro celoso joven.

Ambos se miraron sin hablar nada, hasta que el desconocido rompió el silencio, diciendo con voz grave:

—¿Qué hace usted aquí?

—Lo que quiero —repuso Monsalud reconociendo al instante la voz de Carlos Navarro, hijo único del célebre y hasta ahora no conocido don Fernando Garrote—. Siga usted su camino, que no me creo obligado a informarle de mi conducta, señor entrometido.

—Ahora veremos quién desfila —dijo el otro sin perder la calma—. Me parece que tengo enfrente a Salvadorcillo Monsalud, el cual marchó a Madrid a servir a los franceses.