—El mismo soy —exclamó el militar con brío—. ¿Qué quieres de mí, Carlos Navarro?... Supongo que traerás una espada.

—No.

—¿Navaja?

—Tampoco. Vengo sin armas. Si las trajera, no las deshonraría midiéndolas con las de un miserable traidor, con las de un vendido a los franceses.

—¡Navarro! Llevo un uniforme que no es el tuyo —exclamó Salvador con violento coraje—. No lo desprecies. El corazón que va dentro de él no ha cometido ninguna acción villana. Lo mismo puedo matarte con una espada española que con un sable francés.

—¡Vendido!... deja libre la calle. No reñiré contigo. Cuando me encuentro con un traidor, escupo y paso.

—¡Miserable, cobarde, salteador de caminos! —gritó Monsalud sintiendo culebrear el rayo dentro de sus venas—. Defiéndete, si no quieres que aquí mismo te atraviese y envíe al infierno tu alma perversa.

Monsalud desenvainó el sable. Navarro no hizo movimiento alguno hostil; pero echando atrás el embozo de su capa negra, alargó la mano sin otra arma que una linterna. El espacio que separaba a los dos enemigos se inundó de luz.

En el mismo instante la empalizada, que poco antes se estremecía sacudida con violencia por un hombre, cedió por completo a los esfuerzos de una mujer, y abierta al fin, dio paso a Jenara, que, pálida como la muerte, fue derecha a ponerse entre los dos jóvenes. Alargando sus brazos, podía tocar el pecho del uno y del otro. Lo primero en que se fijaron sus ojos fue en la gallarda persona del renegado, cuyo brillante uniforme reflejaba la luz de la linterna en los relucientes botones de cobre, en el águila, carrilleras, gola y cartera. Jenara dio un grito agudísimo; miró a uno y otro galán alternativamente, acongojada y confusa, como quien no cree lo que ven sus ojos y tocan las propias manos. Monsalud, que resuelta y ciegamente iba ya contra su enemigo, detúvose al ver interpuesta a la hermosa joven.

—¡Este es Monsalud! —exclamó ella con perplejidad indescriptible—. Navarro, ¿es este Monsalud?