—Por el uniforme francés se le conoce —respondió el guerrillero.
—¡Francés, francés! —gritó la doncella—. ¡Tú francés..., embustero además de traidor!
—Sí, francés, francés —rugió Salvador—; francés, traidor y embustero y todo lo que quieras; pero vete de aquí y déjame solo con ese hombre.
—¡Virgen María! ¡Señor mío Jesucristo! Asísteme en este trance —murmuró la joven.
Después entró corriendo en el jardín, y desde la empalizada y con voz clara, argentina, sonora, penetrante, voz que no puede definirse, como no puede definirse la pasión extraña que la inspiraba, gritó:
—¡Navarro, mátale, mátale sin piedad!
XI
—Mátale —repitió alejándose la voz, al mismo tiempo dulce y guerrera—, mátale por embustero y traidor.
Monsalud, al oírla, sintió en su corazón frío de muerte; sintiose cobarde; zumbó en su cerebro la sangre inflamada; su brazo era un estropajo inerte que apenas podía mover el sable, aquel hierro, trocado en caña inútil por la súbita congoja del alma... El universo entero se le había caído encima.
—No tengo armas —dijo Navarro sin dar un paso hacia adelante ni hacia atrás y soltando la linterna—. Puesto que no puedo ni quiero batirme contigo en lid de caballeros, asesíname, francés; ese es tu oficio. Asesina al guerrillero de Andía y la Borunda.