La serenidad grave y un poco petulante de aquel hombre; el mirar fijo de sus ojos; su hermosa estatura; la capa que de los hombros le caía hasta los pies, dándole el aspecto de una estatua negra, trastornaron a Monsalud más de lo que estaba. ¿Por qué no decirlo? Tenía miedo, un pavor semejante al que infunde la superstición. Todo cuanto veía parecíale sobrenatural, obra del demonio, obra de Dios tal vez. Sobreponiéndose a su espanto, dijo:

—Es mentira, la traes bajo tu capa. ¿Tienes miedo?

Con esta pregunta pensó sacarle de su fría impasibilidad; mas el otro, sonriendo con desdén, replicó:

—Salvador, guarda ese chisme y vete con los tuyos.

—Mátale, mátale por traidor y embustero —gritó más lejos, desde la casa y junto a la puerta que daba al jardín la voz divina y furiosa de Jenara.

Un hecho es este cuyo tenebroso misterio no penetrará jamás con exactitud el observador; pero es indudable que la pasión amorosa, confundida con el arrebatado sentimiento patriótico que en el alma de la mujer produce fenómenos extraordinarios, durante las grandes guerras de raza, está sujeta a veleidades casi increíbles. El fanatismo de Jenara hizo de ella, en la ocasión crítica que se narra, un ser espantoso; pero ¿es posible pronunciar la última palabra sobre la vengativa saña de su alma exaltada, sin deslindar lo que de sublime y de perverso había en los sentimientos que precedieron a la tremenda explosión? La pavorosa figura bella y terrible, que pedía la muerte de un hombre, pocos minutos antes amado, encaja muy bien dentro del tétrico cuadro de la época, en la cual las pasiones humanas exacerbadas conducían a los hechos heroicos y a los mayores delirios. Había en Jenara una entereza romana que de ningún modo podía ser completamente odiosa: en sus odios, lo mismo que en sus amores, no se quedaba nunca a medias.

—Tiene razón —dijo de súbito Monsalud arrojando el arma—. Yo soy el que debe morir. ¡Navarro, ahí tienes mi sable! Da gusto a Jenara.

Navarro recogió el sable y, entregándolo a su rival, le habló así:

—Te he dicho que te marches a tu campamento. Ni una palabra más. No gusto de conversación.

En el mismo instante sonaron dentro de la casa voces de alarma.