—¡A ese! ¡al francés!... ¡al renegado! —gritaban voces distintas.

Viéronse luces, abriéronse puertas y aparecieron algunos hombres y mujeres con escopetas y palos.

—¡Al pozo con él! —gritó uno.

—¡Ahorcarle!... venga la cuerda —gritó otro.

—Meterle en el horno —vociferó un tercero.

De las casas vecinas salió más gente; aparecieron grupos por la calleja, de tal modo y con tanta presteza, que Monsalud se vio amenazado por una ruidosa caterva de personas de todas clases.

—¡Muerte al francés! —gritaban.

Recobrando su ánimo, el jurado se apercibió para defenderse.

La voz de Jenara repitió a lo lejos con estridente aullido, que parecía proceder de la garganta de un ángel de exterminio, flotante en el negro espacio sobre el lugar de la escena, las siguientes palabras:

—¡Por traidor y embustero!