Hubiéralo pasado muy mal, perdiendo seguramente la vida el pobre jurado, si su propio rival no le defendiese de aquella turba rabiosa, apartando a unos, haciendo callar a otros, y repartiendo a diestro y siniestro empujones y porrazos.

—Nosotros no asesinamos —gritó—. Dejen libre a este pobre hombre que se va a su campamento.

Pero ya que no podían acabar con él, siguieron azuzándole con la soez valentía del número. Protector y protegido, sin dejar por eso de ser encarnizados enemigos, caminaron largo trecho, abriéndose paso con dificultad. Gracias a la hora tardía y oscuridad de aquellos lugares, no acudió más gente al alboroto, que si acudiera, mal lo habría pasado el del uniforme francés a pesar de hallarse tan cerca sus amigos. Felizmente para Salvador, a medida que avanzaban, disminuía la molesta chusma, hasta que al fin, después de andar largo trecho hacia una de las puertas de la villa, donde se distinguían las fogatas y se escuchaba el rumor de las fuerzas acampadas, la ruin turba quedó reducida a media docena de hombres. Navarro les aplacaba y despedía uno por uno, logrando al cabo quedarse solo con la víctima. Más abrumaba a Monsalud la nobleza que demostrara en la referida ocasión su enemigo que los insultos con que le vituperó poco antes.

—Estamos solos —dijo cuando llegaron a la plazoleta inmediata a la puerta que da paso al puente del Zadorra—. Navarro, agradezco tu generosidad. Quieres matarme en buena lid, y no has permitido que me asesinen esos bárbaros. Solos estamos. ¿Es cierto que no traes armas?

—Ya lo he dicho —replicó el otro.

—Lo creo; eres valiente y sé que no las ocultarías por cobardía. ¿Insistes en no batirte conmigo? No me he pasado a los franceses: antes de servirles, yo no había tomado las armas por ninguna causa. Mi destino lo ha querido así; pero no estoy deshonrado. Mi desgracia, mi abandono, mi pobreza, lleváronme a las filas del enemigo, y la deshonra consistiría en abandonarlas en el peligro... Ve, pues, en busca de tus armas; aquí te espero.

—No quiero —repuso Navarro con sequedad—. Ya te he dicho que sigas tu camino.

Y luego, con expresión de orgullo que Monsalud no acertaba a explicarse, añadió:

—Soy guerrillero.

Dijo esto como si dijera: «Soy Dios.»