—Bien: ¿y qué más da que seas guerrillero? Eso prueba que eres valiente —declaró el otro con aflicción.
—¿Sabes lo que haré si te vuelvo a encontrar junto a las tapias de la casa de Jenara, o si la miras, o si hablas de ella en público, siquiera digas solamente que la has conocido?
—¿Qué?
—Cortarte las orejas... Conque adiós.
Dicho esto volvió la espalda y se alejó tranquilamente, dejando a Salvador perplejo y dudoso entre aceptar aquel inopinado desenlace de la contienda o arremeter tras su enemigo para herirle. Una ira loca sucedió a las dolorosas dudas, y, siguiendo a Carlos, gritó con toda la fuerza de sus pulmones:
—¡Navarro, eres un cobarde!
El guerrillero volvió atrás, y con provocativa flema le dijo:
—Como están cerca tus amigos; como se les ve desde aquí y podrían venir al menor ruido, te has vuelto tan bravo que si te vieran los gatos de la vecindad, temblarían de miedo.
—Navarro —exclamó Monsalud con frenético coraje—, toma mi sable. Espérame un instante, un instante no más, mientras voy a que un amigo me preste el suyo. Entonces me podrás decir lo que te acomode, y yo morir o cerrarte para siempre esa boca insolente.
—Salvador —gritó Navarro comenzando a perder la enfática serenidad que mostraba—, no me provoques con tus ladridos... Te he perdonado y me insultas, te desprecio y me sigues. Tanto me buscarás, que al fin has de encontrarme.