Con rápido movimiento se desembozó, dejando en tierra la linterna.
—No tienes tú la culpa —dijo—, sino quien, sabiendo lo que eres, baja de noche a hablar contigo por la reja de la huerta. Jenara no te conocía, sin duda, o la engañaste con torpes embustes.
—Dime todo eso con una espada, con una pistola, con tu sangre, malvado —clamó Monsalud rugiendo de ira—, y te contestaré lo que mereces.
—Pues sea —gritó Carlos, y en el mismo momento oyose sonar el chasquido del resorte de una navaja, cuya larga hoja brilló en la oscuridad.
—Yo también traigo la mía —dijo con júbilo Monsalud, arrojando el sable—. Navarro, defiéndete.
Envolvían en el siniestro brazo el uno su capote y el otro su capa, cuando se oyeron pisadas y luego voces alegres que por un callejón cercano se acercaban.
—Son franceses —dijo Navarro, pateando con furia.
—¿Franceses? ¿Y qué importa? Seguirán su camino. Adelante, pues.
—Traidor —gritó el guerrillero—, me has traído a donde están tus amigos.
—Vamos a donde quieras; elige sitio —repuso el jurado apresurándose a partir.