Apenas dieron algunos pasos en la dirección que indicara Navarro marchando delante, cuando se vieron detenidos por media docena de franceses, borrachos todos como cubas, los cuales, reconociendo al punto a Monsalud, le rodearon, y con gritos y vociferaciones del peor gusto le saludaron.

—Dejadme, dejadme solo, amigos —dijo este.

—¿Quién es este bravo mozo? —gritó un francés dirigiéndose a Navarro.

—¡Ah! ¿tenéis pendencia?

—Echad mano al paisano y llevémosle al cuerpo de guardia —dijo un francés.

—Al que le toque —vociferó Monsalud resguardando con su cuerpo el de su enemigo— le mataré como a un perro.

—¡Oh! ¡qué bríos! —gruñó otro francés.

—Vaya, basta de disputas —chilló un tercero—, y vénganse los dos a la taberna con nosotros.

—Tenemos que hacer en otra parte... Sigan ustedes adelante...

—Están desafiados... Ved las navajas.