Ambos contendientes cerraron y guardaron las armas.

—¿Desafío? —dijo uno que tenía la charretera de sargento—. Ahora mismo van a ir los dos al cuerpo de guardia. ¿Conque desafío? A fe de Jean-Jean que no consiento tal cosa.

—¡A la taberna, a la taberna!

Apareció entonces otro grupo de franceses que se unió al primero.

—Vamos, ven acá, farsante —gritó Jean-Jean asiendo a Monsalud por el brazo y tratando de llevárselo consigo.

—Señor espantajo —indicó un jurado amenazando al guerrillero—, o toca usted tablas ahora mismo, o le pondremos a la sombra.

Navarro calló, sofocando su coraje; pero acariciaba la navaja, dispuesto a atravesar al primero que osase ponerle la mano encima.

Salvador, desasiéndose con no poco trabajo de los que entorpecían sus movimientos, se acercó a Navarro, y comprendiendo que la situación de este no era muy satisfactoria, dijo en voz alta:

—Señores, déjenme hablar dos palabras a solas con este amigo, y después nos iremos juntos a la taberna.

—Si me dan tiempo para ir a buscar a dos de mis amigos, a dos nada más —le dijo Navarro en voz baja—, daré cuenta de ti y de esos borrachos.