—Carlos —repuso Monsalud—, ponte en salvo. Nada podemos hacer por esta noche. Estos majaderos no nos dejarán solos.

Trémulo de coraje, el guerrillero no contestó nada.

—Señala sitio y hora para mañana, para pasado mañana, para cuando quieras.

—El sitio y la hora en que nos volvamos a encontrar —respondió Carlos echando fuego por los negros ojos.

—El sitio y la hora en que nos volvamos a encontrar —repitió Monsalud con febril resolución—. Por la noche, y por Dios que la hizo, juro que así será.

—Me voy —dijo Navarro con sarcasmo—. Tus amigos te han salvado esta noche... Ahora, cuando yo vuelva la espalda, azúzalos contra mí.

Sin más palabras ni hechos, Navarro se internó a buen paso por una oscura y solitaria calle; y como algunos de los franceses allí presentes quisieran ir tras él, púsose Monsalud entre ambas esquinas de la angosta vía, y con determinación firmísima dijo a sus camaradas:

—El que quiera seguirle tiene que pasar sobre mi cuerpo.

Cuando Jean-Jean y comparsa se empeñaban en llevar a Salvador a la taberna, este iba en tal estado de sombrío estupor y excitación mental, que a las palabras de sus amigos respondía tan solo:

—¡Él guerrillero, yo francés!...¡Yo francés, él guerrillero!... ¡El blanco, yo negro!... ¡Él cielo, yo tierra! ¡Si ese hombre fuera Dios, yo quisiera ser el demonio!