—Puede ser.

—Señores, demos una vuelta por los Pozos de Nieve a ver si clarean las casacas rojas del lado de Fuencarral y Alcobendas.

—¿Por qué no? El ejército aliado parece que viene hacia acá. Pero en suma, señores, ¿a dónde va esta gente? ¿Qué tinajas atraen con su olorcillo a nuestro intruso mosquito?

—Yo digo que no pasa del Pardo.

—Y yo que antes dejará de catarlo que quitarse el polvo de las botas mientras no llegue a la raya de Francia.

—Por allí viene el reverendo Salmón que nos dirá la verdad, pues este fraile de la Merced gusta de cucharetear con todo el mundo, y aquí cojo un vocablo, allá pesco una sílaba, ello es que todo lo sabe.

—Bien venido sea el Padre Salmón —dijo Requejo adelantándose a saludar al venerable mercenario que en la noble compañía del marqués de Porreño tornaba de la Virgen del Puerto.

—¿Y qué nuevas tienen ustedes, señores míos? —preguntó el buen fraile limpiando el sudor de su rostro, pues según se fatigaba al subir la empinada cuesta de San Vicente, parecía que se dejaba la mitad de sus rollizas carnes en el camino.

—Como Vuestra Paternidad no nos diga algo...

—El aparato de fuerza que lleva el rey, y la muchedumbre de coches en que le acompaña su servidumbre francesa y española —dijo con gravedad el marqués de Porreño— prueban que el viaje será largo.