—Estamos a 17 de marzo... Pasado mañana son los días de don Pepito —indicó el fraile frotándose las manos—. Quiere celebrarlo en el Escorial.
—¿En marzo? Eso es hablar en mojigato —dijo Pluma señalando con picaresca malignidad a un anciano astroso y taciturno que hasta entonces no había desplegado sus sibilíticos labios—. El señor Canencia que está presente le enseñará a usted a hablar en jacobino. No se dice marzo, sino Ventoso, víspera de Germinal y antevíspera de Floreal.
Todos se rieron a costa del abatido don Bartolomé Canencia, que habló de esta manera:
—En mi escuela se atiende a los hechos, no a las palabras: factis, non verbis.
—Estamos en marzo —afirmó Lobo—; pero ahora nos ocupamos de nuestro rey postizo, y ya se sabe que ese está siempre en Vendimiario.
—Veo que será preciso buscar las noticias en otra parte —dijo con impaciencia Paniagua—. El Padre Salmón no está hoy de vena para contar, y don Bartolomé Canencia, que conoce todos los pasos de los franceses como los saltos de las pulgas dentro de su camisa, no nos quiere decir nada, sin duda por no vender a sus amigos.
—¡Mis amigos, los franceses! —exclamó Canencia turbándose como jovenzuelo tímido, a quien se descubre un secreto amoroso—. ¿Soy acaso hombre que se entusiasma con las victorias militares de Juan y de Pedro? ¡Batallas! ¡Ejércitos! ¡Napoleón! ¡Lord Wellington! ¡Qué basura! Soy partidario del género humano, señores. Odio las guerras, destructoras de la convención social, y aguardo el día de la independencia de los pueblos. Sé que me calumnian; sé que algunos se atreven a sostener que estuve en Salamanca en una sociedad masónica... ¿Por ventura estas mis venerables canas y esta entereza filosófica que debo a mis estudios son a propósito para degradarse en logias y aquelarres...? Pero basta que me hayan dado ese miserable destinillo en la contaduría del Noveno para que se me crea ligado en cuerpo y alma a los Bonapartes, señores; a los hijos de doña Leticia, que hoy dominan el mundo con la espada... ¡Como si la espada fuera otra cosa que un pedazo de acero, una herramienta brutal, una lanceta inerte y punzante que solo sirve para sangrar a los pueblos!... Y entre tanto las ideas... Volved los ojos a todos lados y decidme: ¿dónde están las ideas?
Las risas impidieron a Canencia seguir adelante en su comenzado discurso. Salmón le quitó la palabra de la boca, para decir:
—Mala pascua me dé Dios y sea la primera que viniere. Si a este don Bartolomé no le cambian pronto su plaza de la contaduría del Noveno por una jaulita en el Nuncio de Toledo... En suma, nada nos ha dicho del viaje del rey. Lo que yo aseguro es que ayer nada se sabía en Palacio de tal viaje...
—Por allí viene quien nos ha de sacar de dudas —dijo Pluma señalando hacia Caballerizas.