Todos los del corrillo fijaron la atención en un joven bien parecido, de rostro alegre y franco que precipitadamente bajaba en dirección a San Gil. Vestía el uniforme de la guardia española creada por José en enero de 1809, y a la cual pertenecían buen número de compatriotas nuestros con todos o casi todos los suizos y walones de los antiguos cuerpos extranjeros.
—¡Eh, Salvadorcillo Monsalud, Salvadorcillo Monsalud! —gritó el licenciado Lobo, llamando al mozo del uniforme.
—Es sobrino de Andrés Monsalud, el que apalearon en Salamanca —indicó con malicia Requejo—. El señor Canencia puede dar noticia de la batalla de los Arapiles y de los palos de Babilafuente.
—Señores patriotas, buenos días —dijo el joven guardia acercándose al corrillo y saludando a todos con festivo semblante.
—¿Qué ocurre, discreto amigo aunque jurado? —le preguntó Salmón posando su mano en el hombro del mancebo—. ¿A dónde va por esos caminos el Emperador de las Tinajas?
—A Valladolid —repuso el militar.
—¡A Valladolid! —exclamaron todos—. ¡Ya lo presumía yo!
—Por allí están la Nava, Rueda, la Seca, Mojados y demás cepas...
—¿Conque a Valladolid?
—No faltarán batallas... —indicó el joven con énfasis—. Napoleón ha mandado un propio a su hermano, diciéndole que salga a campaña.