—¿Un recadito?

—Y nosotros salimos también... Y con nosotros los ministros, y con los ministros los empleados, y con los empleados...

—Con los empleados los empleos —añadió Lobo—. Eso será bueno.

—En Palacio están empaquetando a toda prisa cuadros y alhajas —prosiguió Salvador con alborozo y orgullo, propios de la juventud al verse portador de nuevas estupendas—. Ayer embaulamos juntamente con la batería de cocina una tabla pintorreada que llaman el Pasmo de Sicilia... Nos llevamos hasta los clavos... Dentro de pocos días se van a embargar todos los coches y carros de la villa, y aún no bastará.

—¡Todos los carros! Pero esta gente nos va a dejar sin un alfiler para atrabarnos las chorreras.

—¿Acaso vinieron a otra cosa? Pues qué —afirmó Salmón—, ¿cree usted que esa gente ha sabido lo que es pan antes de venir a España?

—Y ahora, señores —dijo el militarejo—, harán ustedes bien en marcharse cada uno a su casa de dos en dos, porque la policía no gusta de ver grupos en los alrededores de Palacio.

Esta advertencia produjo rápidos efectos: deshízose el grupo, y por parejas se alejaron en direcciones diversas los esclarecidos sujetos, marchando cuál a su oficina, cuál a su tienda, este a la escribanía, aquel al convento, quién a la tertulia de la botica, quién a los estrados de las damas y a las reuniones de la gente tónica, afanosos todos de transmitir las noticias recibidas, que de calle en calle, y de sala en sala, y de boca en boca iban desfigurándose y abultándose hasta el punto de que no las conocería el mismo que las lanzó a los vaivenes y agitaciones del mundo.

¡Y entonces no había periódicos!

José Bonaparte había salido, en efecto, para Valladolid, obedeciendo a su amo y hermano que le mandaba ponerse al frente del ejército, mientras él, no escarmentado con la desastrosa campaña de la Moscowa, se disponía a emprender otra nueva en Alemania contra la sexta coalición.