—Sí, dormir; quiero dormir —repuso con gozo, recostándose en un arca.
—Toma primero un bocado, muchacho.
—Sí, tengo hambre —exclamó el jurado abalanzándose a la comida y engullendo descortésmente, sin consideración a los demás convidados.
Mas al instante apartó el plato con repugnancia.
—No tengo gana —dijo entre dientes.
El cura se paseaba por la habitación agitado y colérico.
—Los malos hábitos adquiridos no se olvidan en un día —afirmó doña Perpetua, echando al viento la voz por el registro más agridulce—. Esta mañana lo dije y ahora lo repito. Fermina, haz cuenta que no tienes hijo.
Doña Fermina rompió a llorar, y como interrogase cariñosamente al desgraciado joven acerca de sus propósitos y de la enmienda que por la mañana prometiera, este dijo:
—¡Guerrillero él, yo francés, francés toda la vida!
—Salvador —gritó el cura con enojo y fiereza—. Te creí traidor por inexperiencia, mas no vicioso ni degradado... Esta mañana me causabas lástima; ahora me causas horror.