—El pobrecito no sabe lo que se dice, señor cura —añadió la atribulada madre—. Esos pícaros le han llevado a la cantina, y... por fuerza le han obligado a beber. Pero es un alma de Dios mi hijo. Esta mañana nos prometió dejar para siempre esas aborrecidas banderas, y lo hará, ¿pues no ha de hacerlo...? ¿Te quedarás aquí esta noche? Suelta el uniforme y duerme.

Oyéronse entonces lejanos toques de clarín. Callaron todos, sobrecogidos por el son guerrero que parecía venir del campamento francés: Monsalud lo escuchaba con aparente júbilo. De pronto levantose, gesticulando como un insensato, y con desesperados gritos, gritó de esta manera:

—¡Viva Napoleón! ¡Viva el amo del mundo! ¡Viva Francia! ¡Mueran los guerrilleros!

—Esto no se puede tolerar —exclamó el cura bramando de ira y echando mano al respaldo de la silla que más cerca tenía—. ¡Traidor, infame y deslenguado blasfemo, sal de aquí al momento!

—¿Qué has dicho, hijo? —balbució entre angustiosos sollozos doña Fermina temblando como un niño—. Tú, tú, ¿pues no eres...?

—¡Afrancesado, francés hasta morir! —repuso el joven con enérgico brío—. ¡Francés hasta morir!

—Señor cura, señor cura —dijo la madre con tanto espanto como dolor—, ríñale usted.

—Buen caso hago yo de los curas —repuso Salvador mirando con desprecio al venerable Respaldiza—. Son los corruptores del linaje humano, como dicen Jean-Jean y Plobertin, que presenciaron la revolución francesa.

Doña Fermina ocultó el rostro entre sus manos.

—Señor cura guerrillero —añadió el joven con insolente sarcasmo—, cuidado no le cojamos a usted por esos trigos... En mi regimiento no hay piedad para los clérigos armados... ¡Se les coge, se les desnuda, se les ahorca!...