Doña Perpetua se levantó de su asiento como una estatua que de súbito cobra vida para aterrar a los hombres.
—¡Miren la embaucadora! —gritó Monsalud remedando con formas grotescas los ademanes de la santa mujer—. Vendré a rescatar a mi madre de las garras del demonio, para llevármela a Francia.
La beata y el cura le señalaron la puerta sin proferir una palabra.
—¡Guerrillero él, yo francés! —repitió el joven, no con palabras, sino con aullidos—. Madre, adiós, adiós... Escribiré desde Francia.
Tropezando, haciendo gestos amenazadores, y articulando gritos y bravatas poco inteligibles, pero horripilantes como la risa de los locos, salió de la estancia y de la casa, mientras cura y beata auxiliaban a la infeliz madre, que había perdido el conocimiento.
XIII
El buen orden de esta historia pide que ahora dejemos a Monsalud, el cual irá solo o acompañado a donde mejor le plazca y su triste destino le lleve, y que volvamos los ojos y dirijamos nuestros pasos hacia Carlos Navarro, quien, por lo que hasta ahora de él vimos, parece ha de ser personaje de historia y digno de ser conocido más de cerca.
Singular era este hombre, y más singular aún su padre don Fernando Navarro, vulgarmente conocido en la Puebla con el remoquete de don Fernando Garrote, que de sus mayores pasó a él, sin que se pueda saber por qué. Aseguraban los ancianos de la villa que siendo todos los Navarros, desde las generaciones más remotas, hombres muy fuertes, y a más de fuertes, algo pegones y amigos de dominar a los débiles y de machacar sobre los humildes, debieron recibir por estas cualidades el sobrenombre citado, que a maravilla les caía. Los últimos vástagos de esta dinastía garrotil, son los que presentaremos ahora, eligiendo para ello el momento en que, desocupada momentáneamente la Puebla por los franceses, quiso don Fernando poner en ejecución su pensamiento de ir a las partidas con Respaldiza, apretándole a ello la falta que él pensaba hacía en el ejército su tardanza, según eran los agravios que pensaba vengar, proezas que acometer, y cabezas que descalabrar.
Don Fernando vivía desde algún tiempo en una casa de campo hacia Peñacerrada, donde había puesto fin a sus viajes y correrías, porque los achaques y dolores en la trabajada osamenta eran ya obstáculo a su fantasía siempre ardiente y a su corazón valeroso. Triste, solitario y aburrido, dejaba pasar sus días en la vasta vivienda, aun en lo más crudo de la guerra, hasta que por capricho o voluntariedad impropia ya de sus años, resolvió variar de conducta. Para hacer los preparativos de marcha, trasladose el 18 de junio a la Puebla, donde tenía su casa solar, residencia habitual de su juventud y edad madura hasta los últimos años. Allí vivía de ordinario su hijo, y un pariente pobre que le administraba el mayorazgo, consistente en tierras de pan, algunas viñas, y mucho monte en el término de Treviño.
Allí le tenemos, allí está nuestro gran don Fernando en una sala baja, sentado en ancho sillón de vaqueta, con las piernas extendidas sobre un banquillo. Ocúpase en limpiar la hoja de una luenga espada de taza, hoja toledana y grandes gavilanes retorcidos. Frente a él, acurrucada en una silla baja, está la que ya conocemos, incomparable y seráfica doña Perpetua, observando con atención prolija al insigne varón.