—¡De la guerra! —exclamó la vieja moviendo la cabeza—; ¡y quién sabe si esos pobres huesos molidos volverán como salen! ¡Semejante estafermo no puede mantenerse sobre el caballo, y habla de matar franceses y de ganar batallas! ¡Alabado sea el Señor! ¿No vale más que el señor Garrote se esté quietecito en su casa? Yo vendré a hacerle compañía, y nos regocijaremos hablando de los benditos tiempos pasados y de la ruindad de los presentes, así como de la supina perversidad de los que han de venir, trayendo seguramente el fin y ruina total del mundo.

—Viejecita —repuso don Fernando—, en sesenta años que he vivido no he sentido gusto semejante al que ahora llena mi alma por la empresa que voy a acometer... Ya, ya verán una mano pesada para el sable... Seguramente los franceses tienen ya noticia de que me preparo...

—Si se preparara usted para una buena, larga y devota confesión que fuera una limpia general de su alma, mejor sería... —dijo la santa mujer.

—Hay muchos medios de limpiar el alma y dejarla como un espejo —afirmó triunfalmente Garrote, esgrimiendo la espada y dando dos o tres tajos en el aire—, muchas maneras, y de esto hablan los Santos Padres, según creo, madrita; y si no hablan, es porque se les quedó en el tintero.

—No conozco más medio que el arrepentimiento.

—Verdad es que yo he pecado bastante —dijo el héroe—; pero ha sido sin mala intención. Reconozco que he ofendido a Dios; pero si después de la ofensa le sirvo, ¿el servicio no quita la ofensa?

La mujer del siglo miró con estupor al anciano, sin contestarle.

—Yo pequé —continuó este—; pero he aquí que la gran contienda entre Dios y el demonio es llevada a los campos de batalla; he aquí que yo, hombre un poco ligero de cascos, pero cristiano viejo y con una fe como un templo, saco la espada y digo: «Señor, si mucho te ofendí, ahora te consagro mi vida, y voy a morir en defensa de tu Iglesia o a matar a todos tus enemigos.» Este acto, señora doña Perpetua, esta abnegación mía por la causa de Dios, ¿no bastan a limpiarme, cual si echaran mi alma en lejía?

—Según y cómo —respondió la anciana, confusa ante un problema nuevo para ella, cuya solución no podía dar en definitiva—. Ejemplos hay de guerreros insignes que han ido a ocupar lugar preferente en el cielo solo por una buena batallita ganada contra herejes; pero no se dice que tuvieran muchos pecados, ni que estuviesen impenitentes.

—¿Y qué más penitencia que la muerte en defensa de Cristo? —exclamó el guerrero sintiéndose con más fuerza que su antagonista—. ¡Morir, derramar uno su sangre por una causa, por una idea, por la religión, por Dios!...