—¡Oh! sí, es verdad, sí, sí —dijo la vieja abrumada por esta lógica.
—¿Nuestro Señor Jesucristo no nos dio el ejemplo? ¿No redimió a todo el género humano, y, muriendo, no limpió la gran mancha original, sin dejar rastro de ella?
Al decir esto, el señor Garrote frotaba con verdadero frenesí la hoja de acero, como si la herrumbre que tenía fuera la de su propia alma, y aquel orín el inveterado orín de su propia conciencia.
—Es verdad —gruñó la vieja—. Vaya el señor don Fernando a la guerra, si bien no estaría de más una confesión general y algún acto de reparación para tranquilizar el alma de quien yo me sé, de un ángel de Dios, señor don Fernando...
La beata fijó en Garrote sus penetrantes ojos negros, y Navarro frunció ligeramente el ceño, demostrando que aquel tratado de los ángeles de Dios no era muy de su agrado. Pero la santa mujer, hecha de muy antiguo a reprender sin rebozo las faltas ajenas y a sentenciar en materia de pecados con tanto aplomo como el Papa desde la silla del Pescador, no hizo caso del avinagrado gesto de don Fernando, y dijo:
—Señor Lucifer, de todas las excelentes muchachas que usted perdió para siempre, una sola existe en la Puebla de Arganzón; mas tan quebrantada por los disgustos y la vergüenza de su desgracia, que es difícil conocer en su abatido y ya viejo rostro a la hermosa hija de don Pablo el Riojano.
—Bueno, bueno —dijo Garrote frotando con más fuerza—. ¿Y qué tengo yo que ver con esa mujer?
—¡Conciencia empedernida! ¡Hombre sin entrañas! ¿No la perdió usted para siempre? En Pipaón, hace veintidós años, todo el mundo sabía que don Fernando Garrote tenía amores con la niña del Riojano, y se corrió la voz de que se iban a casar. Desde entonces ha pasado mucho tiempo. Vino doña Fermina a la Puebla hace dos años, traída por su mezquina herencia y el enfadoso pleito que la dejará sin camisa que ponerse. Pocos la tratan aquí, y en cuanto a sus tristes antecedentes, solo yo, por confidencia que me ha hecho, correspondiendo a mis cristianos consejos, sé que esta venerable y modesta mujer es la doncella engañada hace más de veinte años en Pipaón, y que Salvadorcillo Monsalud es de la propia carne, de la misma sangre y de los mismísimos huesos de este tenebrario que tengo delante.
—¡Cuánto sabe la madre! —dijo don Fernando, frotando el arma hasta desollarse los dedos—. Supe que Ferminilla había venido a la Puebla hace dos años trayendo consigo a un muchacho revoltoso; pero como casi todo el tiempo vivo en Peñacerrada, a ninguno de ellos he visto... y a la verdad, no son muchas las ganas...
—Pues yo la veo todos los días. Yo la acompaño y consuelo de la amarga tristeza que aún hoy sus desdichas y su atroz pecado le causan. Cuando llegó aquí, picome la curiosidad. Viéndola tan piadosa, tan santa y ejemplar, pues es mujer que no sale de su casa más que para ir a la iglesia, solicité su amistad: conocí que era un alma abatida y que necesitaba de mí. ¿Qué habría sido de ella sin mis consejos? Se los di, pues; mi conversación le agradó en extremo, y abriome su corazón confiándome todo, y especialmente la tristeza de su desgracia, cuyo autor fue este señoritico precioso.