—Bien, ¿y qué? —dijo Navarro esforzándose en aparecer risueño, y dejando a un lado la espada que estaba más limpia que alma de bienaventurado—. Yo, la verdad, lo hice sin mala intención.
—¡Sin mala intención! —exclamó la beata con enojado semblante—. Sin mala intención dicen que se rebeló Luzbel contra Dios. Esa buena mujer es la criatura más desgraciada que existe en el mundo; y aunque seguramente Dios la ha perdonado por su grande arrepentimiento y continuo llorar, ella jamás se consuela, y ahora, con la reciente desgracia del hijo que idolatraba, parece que va a entregar su alma al Señor.
—Pues qué, ¿ha muerto su hijo? —preguntó Garrote con vivo interés.
—Se ha pasado a los franceses, lo cual es peor que morir —repuso doña Perpetua—. Se ha pasado a los franceses, que es como morir el alma y seguir viviendo el cuerpo para afrenta de la familia y de la nación... Anoche mismo...
—¡Y dices que es hijo mío! —exclamó don Fernando con rabia, dando fuerte patada en el suelo—. No, madrita: ese muchacho no tiene mi sangre... Es mentira, ¡viven los cielos!
Iba a seguir protestando, cuando le interrumpió de súbito la presencia de su hijo Carlos, que acababa de entrar.
XIV
Carlitos era bastante parecido a su padre, salvo algunas diferencias: se le asemejaba en la tez morena, en los cabellos asimismo negros, en la arrogancia del cuerpo y talle y en cierta expresión de nobleza que en toda su persona gallardamente se mostraba. Diferenciábase en la estructura de las cejas, que en el mozo eran juntas, y en la seriedad invariable y algo torva que tenía en sus grandes ojos. Con respeto adelantose el joven hacia su padre, cuya mano besó, repitiendo la misma señal de veneración y cortesía en las arrugadas extremidades de la vieja. Don Fernando contemplaba a su hijo con el arrobamiento de un artista satisfecho y enfatuado ante la belleza de su obra maestra.
—¿Nos vamos ya? —le preguntó.
—Dentro de una hora —repuso el joven—. Difícil es que nos unamos a la partida de Longa, que está en Murguía con los ingleses; pero nos uniremos a los que están hacia Miranda con el general Morillo. Para no tropezar con los franceses, daremos la vuelta por Uralde y Burgueta, tomando el camino real en Armiñón. No hay nada que temer por ese lado.