Don Fernando se levantó para desperezarse, lo cual hizo como un león viejo, no sin que crujieran sus choquezuelas y sus articulaciones todas. Después dio algunos pasos por la habitación como para probar la elasticidad de sus miembros, y dijo:

—Esta máquina sirve todavía.

Y luego dio fuertes voces llamando a sus criados.

—¡El caballo!... ¡ensillar el caballo!

Doña Perpetua, firme siempre en la perpetuidad de su desaprobación, movía la cabeza en señal de duda respecto a la eficacia de aquella máquina para hacer algo de provecho, y si no con la boca, con los ojos reprendió a don Fernando por su atrevida aventura.

Al punto comenzó Garrote su atavío marcial, sepultando sus pies en antiguas botas de cuero fino. Forrose después en un chaleco grueso, y se fajó con una interminable banda de seda que le dio muchas vueltas en torno a la cintura, y sobre esto se puso un uniforme blanco de los antiguos regimientos, el cual, aunque viejo y fuera de moda, estaba servible. La cabeza la adornó con un deforme sombrero procedente de las campañas del anterior siglo y que recordaba al general O’Reilly. A pesar de la notoria ancianidad de dichas prendas, tal era la histórica figura del insigne Navarro que con ellas no resultaba ridículo.

Al vestirse parecía que se remozaba; la alegría brillaba en sus ojos; decía mil bufonadas graciosas, y con fatuidad chispeante se presentaba a sí mismo como modelo de apuestos militares, deprimiendo a la afeminada juventud del día. En mitad de esta escena entró el cura hecho un arsenal ambulante, según venía de armado y municionado, y celebró con palmadas y vítores los preparativos de su amigo, mostrando los suyos y volviéndose de todos lados para que le vieran.

—¡A matar franceses! —gritó el presbítero—. ¡A matar franceses y afrancesados, para gloria de la nación y triunfo de la fe!

—Señores —dijo Garrote con hueca voz y un poco del tonillo pedantesco de los oradores modernos—, toda mi vida la he consagrado al servicio del rey, de la patria, de la religión...

La beata, frunciendo el ceño, miró a don Fernando con expresión de burla.