—Los laureles —dijo la beata—, no caen mal sobre una frente serena que pueda alzarse ante el tribunal de Dios sin los rubores del pecado. Señor don Fernando, ponga sus cinco sentidos en lo que le he dicho, y no entregue su cuerpo al plomo enemigo sin descargar su alma del peso de tantas y tan negras culpas. El cuerpo que sirve de vaso a un alma limpia es respetado por la muerte; no así el que es saco de inmundicias. No hay contra el plomo y las bayonetas mejor coraza que una buena y general confesión.

—Viejecita —repuso don Fernando sonriendo—, como el cura va conmigo a la guerra, echaremos un párrafo por esos caminos, y entre batalla y batalla me iré descargando de todos mis pecados y él absolviéndome, todo esto al compás de nuestras caballerías.

—Cabal, cabal —exclamó el presbítero—. Por mucha que sea la faena, no falta un ratito para meter la mano en la conciencia y sacar algunos puñados de maleza.

—Y para los soldados, voto al chápiro —dijo don Fernando golpeando el suelo con la contera de la espada—, ha de haber un poquito de manga ancha. Ya se ve: siempre en campaña al sol y al frío, comiendo poco y bebiendo menos, sin otro regalo que mil trabajos, y teniendo por cama el suelo, por descanso la fatiga, por almuerzo la pólvora y por cena la metralla... ¡Oh!, los que así vivimos no podemos ser mirados como los demás: ¿no es verdad, señor cura?

—Verdad, verdad... ¡Conque en marcha!... ¿No se te olvida nada, Respaldiza? —dijo el cura preguntándose a sí mismo y tentándose el cuerpo—. No, nada se te olvida, curita... la pólvora, las balas, el frasquito de aguardiente, las lonjas de jamón... el chocolate crudo... el tabaco...

A todas estas iba llegando gente, amigos del insigne Garrote.

Llegó la hora de la partida, y los expedicionarios oprimían los lomos de sus respectivas caballerías. La salida de la casa fue una verdadera ovación. Don Fernando, seguido de su hijo, del cura y de los demás guerrilleros, rompió por entre la multitud que le vitoreaba, aclamándole padre de la patria y héroe de la Puebla. En aquel instante nadie se acordaba de las fechorías de don Fernando Garrote, que había sido siempre popular, muy popular, lo mismo por sus generosidades que por sus atrevimientos. En España los audaces de buena cepa, aunque sean bandidos o Tenorios, son siempre queridos y admirados del pueblo, que lo perdona todo, a excepción de la cobardía y la avaricia.

Luego que se encontró fuera de la villa y en pleno campo la pequeña partida, compuesta de una docena de hombres, Carlos, indicando la dirección de Treviño, que debían tomar por las montañas, se puso a vanguardia con otro amigo, para explorar el camino y ver si se distinguían fuerzas francesas. En tanto, don Fernando y el cura, quedándose solos atrás, emparejaron sus cabalgaduras, que perezosamente iban al paso, y entablaron el curiosísimo diálogo que se verá a continuación:

XV

—Señor cura —dijo Garrote—, ahora que nos encontramos solos, quiero que conversemos un poco sobre un asunto que me está escociendo por adentro.