—Ya le entiendo, amigo mío; usted es de parecer que, en vez de unirnos a la partida de Longa, marchemos solos al encuentro de los franceses.
—No es nada de eso, señor don Aparicio, lo que me preocupa.
—Ese fusil que lleva usted —añadió el cura—, es un arma de príncipes; en cambio, esa espada no sirve sino para degollar palominos. Por el contrario, mi sable vale un imperio, y esta escopeta no lo es más que en el nombre. Hagamos, pues, un cambalache: darele a usted el sable, pues la principal habilidad de usted consiste en el tajo, mientras que siendo mi fuerte la puntería, cogeré, por lo tanto, su fusil.
—No es eso tampoco lo que tenía que hablar.
—Usted tiene muy cansada la vista y no puede hacer la puntería.
—Que no es eso —repitió Garrote con enfado.
—¿Pues qué, hombre de Dios?
—Un caso de conciencia.
—¿Esas tenemos? —dijo el cura riendo—. Esta mañana estuve una hora en el confesonario sin que nadie se me acercara, y ahora que monto a caballo...
—No pierde el sacerdote el sacramento por ir a horcajadas.