—Jamás he visto que el ilustre Garrote se confesara; ¿y ahora que va a la guerra le entran esos escrúpulos? ¿Hay algún pecado nuevo? Pero no sé por qué recuerda ahora... Esa maldita Perpetua...

—No, los antiguos. Por lo mismo que voy a la guerra, siento un vivo deseo de reconciliarme con Dios... Aunque hombres como yo no mueren a dos tirones, quién sabe si por artes del enemigo me cogerá una bala...

—Y adiós alma... Nada, nada —dijo el cura—, aun los hombres más bravos deben venir a estas fiestas con el alma preparada... Aquí donde usted me ve, voy como un angelito de Dios... Me podrían enterrar con corona de rosas como a los niños.

—Vamos a ver. Si los pecados se perdonan con el arrepentimiento y la penitencia, los míos ya los puedo dar por idos. Estoy arrepentido de los males que he causado, y ahora que soy viejo y nada puedo, he caído en la cuenta de que hice mal, muy mal. En cuanto a la penitencia, ¿no es suficiente esta que yo mismo me impongo de dejar la tranquilidad y bienestar que disfrutaba en mi casa de Peñacerrada, para echarme al campo en busca de las privaciones, de las hambres, de las heridas, de los fríos, de los calores y quizás, quizás, de la muerte? Y todo esto no por una causa cualquiera, sino por la causa de Dios, de la religión y su santa Iglesia primero, y del rey y de España después.

—Mi parecer es —dijo el cura sonriendo y tentando de nuevo sus bolsillos y la alforja para ver si se le olvidaba algo— que con lo hecho por usted, con su arrepentimiento primero y el sacrificio de su bienestar después, hay para irse derecho al cielo.

Don Fernando respiró con desahogo, y muy vivamente añadió:

—Si ofendí a Dios con mis calaveradas, ahora le sirvo con mi heroísmo: ¿no es verdad? Váyase lo uno por lo otro. Jamás cometí acción ninguna indigna de un caballero... pues... ya me entiende usted... porque hay pecados de pecados.

—Es evidente... Pero si el arrepentimiento y la penitencia limpian el alma, no está de más un poco de palique con el cura...

—Ya, la confesión.

—La humillación del alma ante Dios, y aquello de reconocer verbalmente sus faltas y avergonzarse de ellas delante del sacerdote...