—Por hablar no quedará —dijo Garrote—; pero es lástima que esto no lo hiciéramos despacito en el pueblo, en vez de hacerlo a caballo por estos andurriales.

El cura rompió a reír.

—¡Qué singulares cosas tiene don Fernando Garrote! —exclamó avivando el paso de la cabalgadura—. Esta noche, cuando lleguemos a cualquier mesón... ¿Pero está usted triste, señor Navarro; a qué viene tanto mirar al suelo y ese gesto de ajusticiado?

—Amigo don Aparicio —repuso el guerrero—, no puedo apartar de mi pensamiento la idea de que me coja una bala.

—Los bravos no mueren...

—Si el caso llega —añadió el guerrillero muy preocupado y entristecido—, no moriré sin decir antes a voz en grito, ante Dios y los hombres, que siempre fui católico, apostólico, romano, y defensor de la santa Iglesia, cuyos dogmas creo desde el primero hasta el último.

—Bien, eso es lo principal... Ahora, señor Garrote, deme usted su fusil —dijo el cura con vivísimo interés mirando a un punto lejano hacia la izquierda—. ¿No le parece que se distingue por allí el morrión de un francés?

—No puede ser, hombre.

—Será algún rezagado. Anoche pasó por aquí el ejército enemigo.

—Pues como iba diciendo —prosiguió Garrote ensimismado y algo sombrío—, toda mi vida he sido católico, apostólico, romano... Jamás he robado a nadie el valor de un real. No he levantado falsos testimonios, y si dije alguna mentirilla leve, fue sin hacer daño a nadie, o por galanteo, pues... cosas de mujeres. Si he jurado en falso ha sido en asunto de amores. Honré a mis padres mientras vivieron; no he matado a nadie, ni...