—Ni deseado la mujer ajena —dijo el cura interrumpiéndole con risas.

—¡Alto, alto!, que ahí está el busilis —gritó don Fernando.

—¿Qué, qué es lo que está? —dijo Respaldiza mirando con zozobra a un lado y otro.

—Nada, hombre; no hay que asustarse: lo principal de mis pecados, digo...

—Creí que había divisado usted algún destacamento enemigo. ¿Pero por dónde vamos, amigo Garrote?

—Vamos bien: adelante —dijo Navarro, tan solo preocupado de su conciencia.

Iban por un terreno bastante solitario, compuesto de cerros que se sucedían unos a otros, elevándose cada vez más. De trecho en trecho hallábanse pequeñas llanadas.

—Ya se sabe qué clase de pecados son los míos —continuó Garrote sin poder apartar el pensamiento de aquella idea—. No son en verdad de los que más afean al hombre; y en el mundo vemos que mientras se niega el agua y el fuego al asesino, al galanteador, no solo no se le niega nada, sino que todo el mundo le admira, le señala, y con su amistad se honran tontos y discretos, buenos y malos.

—Así es, en efecto —dijo Respaldiza—; lo cual no quita que el galantear sea pecado, porque es el desenfreno del más feo y torpe vicio, y con él se injuria a la familia, al mundo y a Dios.

—Por más que me diga el señor cura, no puedo creer que el galanteo sea vicio tan inmundo como el robar, el calumniar y blasfemar. Al hacer cocos a una doncella o mujer casada, parece como que se tributa cierto holocausto al Señor por las maravillas que puso en el alma y en el cuerpo. El espíritu pone de manifiesto lo que encierra de más noble, y la materia...