—Tate, tate, señor don Fernando —dijo entre risas Respaldiza—. Al querer confesarse está usted haciendo la apología de sus pecados, y revistiéndolos con las mentirosas formas de la voluptuosidad. Es una singularísima manera de arrepentirse... Vaya un polvito —añadió, sacando la tabaquera.
—No, no: ya estoy arrepentido, señor don Aparicio. Ya estoy arrepentido de todo —afirmó Garrote con decisión—. No sirvo ya para maldita cosa. ¡Quién me había de decir en aquellos tiempos, cuando todo el mundo me parecía pequeño para mis aventuras, que se me había de acabar la vigorosa energía!...
—Punto final, amigo mío —dijo el cura mirando a la izquierda.
—Iba a decir que ahora aborrezco todo aquello, y que lo deploro... Pero me pasa una cosa singular, amigo, y es que me arrepiento, pero no estoy tranquilo. El corazón me baila en el pecho, y siento en mí no sé qué comezón y zozobra.
El bravo cura se irguió de repente, alzándose sobre los estribos, y gritó con ansiedad:
—Señor don Fernando, el fusil, venga el fusil, ¡por todos los santos!
—¿Qué hay? ¿Viene algún destacamento francés? —preguntó el guerrero mirando al mismo punto hacia el cual se dirigían los atónitos ojos del presbítero.
—¡Un morrión! Por allí va el morrión de un francés.
—¿El morrión solo?
—Bajo el morrión ha de ir una cabeza, y bajo la cabeza un cuerpo; solo que va por aquel camino hondo y no se ve más que el cimborrio... Ese fusil, señor don Fernando, ¡por amor de Dios!