—Ya, ya le veo —dijo Garrote, poniéndose la palma de la mano sobre los ojos en forma de visera—. Pero es un hombre solo, un pobre soldado rezagado, quizás un prisionero fugitivo. ¿Qué hacemos?
—¡Bonita pregunta! Matarle. Un enemigo menos tendrá España.
—Pero si no me engaño —dijo don Fernando mirando a todos lados con inquietud—, nos hemos perdido. ¿En dónde están mi hijo y los demás amigos?
—Delante van. Ese fusil, señor don Fernando: veremos si el cura de la Puebla desmiente la fama de ser el mejor tirador de todo el condado, y aun de toda Álava.
—Amigo, ¿por dónde vamos? —repitió Navarro deteniendo el caballo—. Con esta conversación de mis pecados y de la bondad de Dios que todos me los perdona, nos hemos distraído, y sin saber cómo nos hallamos separados de los demás de la partida.
—¿Cómo es eso? ¡Gran geógrafo tenemos aquí! —exclamó el cura—. ¿Pues no es este el camino de Uralde?
—No, con mil demonios: aquellas casas que a lo lejos se parecen son las primeras de Añastro. Carlos y la compañía se han ido camino derecho a Uralde, y nosotros, ¡ahora caigo en ello, con cien mil pares de Satanases!, nos equivocamos en la encrucijada donde está la venta de Martín.
—Adelante —dijo el cura con resolución—. Buscaremos un atajo por aquí a la izquierda... ¿Hay miedo, señor don Fernando? Lo mismo da ir por Uralde que por Añastro. Usted tiene la culpa, pues charla que charla...
—No hagamos calaveradas —dijo Garrote bastante intranquilo—. Casi estamos en país enemigo. A lo mejor saldrá de detrás de una mata un puñado de franceses.
—Aquel que allí está no se me escapa —dijo el cura, observando siempre el morrión que por el camino hondo se movía—. ¿Nos vamos a él?