—¡Qué ojo! ¡Señor Garrote! Por Santa Lucía bendita. ¡Qué puntería! —exclamó con júbilo Respaldiza—. Yo mismo me admiro, yo mismo me alabo, yo mismo me hago mi apoteosis, porque soy en esto del tirar una de las más grandes maravillas de la creación.
—La verdad es que, como cacería, esto ha sido admirable —repuso Garrote—; pero como acción de guerra no se puede poner al lado de las de Wellington. Ese pobre muchacho lo pasa mal.
Llegaron al sitio donde el francés se revolvía en su sangre, profiriendo injurias y blasfemias contra sus perseguidores.
—Arriba, muchacho; eso no es nada —dijo Navarro, cuya generosidad, como hemos dicho, se mostraba en todas ocasiones—. Dinos dónde está el destacamento a que perteneces, y te perdonamos la vida.
—El destacamento —repitió el cura—. Sí: para huir de él.
—O para atacarle si es de poca gente. Usted con su puntería y yo con mis puños...
A esta bravata siguió un rato de silencio, porque el pobre francés herido se había desmayado. Mirábanse Garrote y don Aparicio sin saber qué partido tomar, cuando sintiose a lo lejos ruido de caballos; y como alzaran a un mismo tiempo la vista cura y seglar, vieron que hacia ellos se dirigía por el camino hondo hasta una docena de franchutes a caballo. Púsose más pálido que la cera de su iglesia el buen Respaldiza, y don Fernando, a pesar de su garrotesca bravura, frunció el majestuoso ceño. El primer impulso del tirador fue huir; mas detúvole su amigo, bien porque creyera imposible la fuga, bien porque la impavidez de su alma atrevida gozase en la temerosa aproximación del peligro.
—¡El sable, el sable! —gritó tomando el arma de su amigo, a quien entregó la espada vieja.
La mano del cura temblaba.
—Hemos cometido una acción villana asesinando a un hombre —exclamó con solemne acento Garrote—; Dios nos castiga. Ahora... pelear como buenos españoles, y morir como caballeros cristianos.