—¿Qué hacemos?

—¿Qué hemos de hacer? ¡A ellos! Dios sea con nosotros.

No hubo muchos ni variados lances en aquel suceso, porque en el espacio de pocos minutos los enemigos se acercaron a nuestros dos héroes, diciéndoles en castellano que se rindieran.

—Son españoles.

—Afrancesados... mala gente... —murmuró don Aparicio.

—¡Que me rinda yo! —gritó Navarro esgrimiendo el sable—. Ahora sabréis, canallas, traidores, cómo acostumbra a hacer sus rendiciones don Fernando Garrote el de la Puebla. Si he de morir, moriré matando.

Y sin más dimes ni diretes, comenzó a descargar sablazos sobre los que más cerca tenía. En tanto Respaldiza, viendo a su amigo enredado con los franceses, quiso ponerse en salvo; pero se lo impidieron, y en un santiamén fueron ambos desarmados. Garrote había descalabrado a uno y herido levemente a otro, recibiendo en cambio dos pistoletazos, que por fortuna solo hicieron estragos en el alto sombrero. Gritó, vociferó, injurió en nombre de Dios, del rey y de España; pero al cabo, ambos fueron conducidos prisioneros sobre sus mismas cabalgaduras, y muy bien vigilados por los doce dragones, que se pusieron en marcha después de recoger el herido.

XVI

Así acabó la grande, la memorable expedición de don Fernando Garrote y del reverendo beneficiado de la Puebla. Mientras esto sucedía, Carlos Navarro y la compañía buscaban inútilmente a los dos viejos adalides en el camino de Uralde.

Silenciosamente y abrumados de amargura y desesperación, marchaban los dos prisioneros el uno tras el otro; los caballos que montaban no parecían menos tristes que sus amos, a juzgar por la lentitud de su paso y la inclinación de la cabeza. Los españoles y franceses que les habían cogido y les custodiaban, iban charlando en una y otra lengua mezcladamente, y uno de ellos dijo: