—A estos tunantes no les perdonará el general Gazán... han asesinado un francés, y ya sabemos con qué moneda se pagan estas deudas.
—El uno de ellos parece cura.
—Y el otro sacristán.
Don Fernando Garrote se puso lívido al oír que se le llamaba sacristán, y después se le encendió hasta la raíz del cabello el pálido rostro. Si hubiera tenido armas, habría castigado en el acto tanta insolencia en menos que se dicen castañas. Respaldiza, durante el camino, sintiéndose sediento, pidió que le dejaran beber de un arroyo cercano.
—Tiempo hay de beber. En Aríñez no falta agua, padrito. Y si no, tome un buche de la del bautismo, que como cura debe de tener tan a la mano... Beberá antes que le despachen.
—¡Despacharme! —exclamó don Aparicio con acento compungido—. ¿Qué es eso de despachar?
Garrote, colérico por la cobardía que mostraba su amigo, le miró con ojos fieros.
—¡Que nos despachen! —gritó—. ¿Qué mayor gloria para buenos españoles que morir a manos de estos tunantes?
—Cierre el pico el vejete sacristán —gritó un jurado—, o no aguardamos a llegar al Cuartel general.
—¡Traidor! Tu persona es para mí tan despreciable como la de un vil esclavo, y tus palabras como los ladridos de un perro —exclamó con admirable entereza Navarro—. Si quieres darme la muerte aquí mismo, dámela. Ni porque me mates he de aborrecerte más, ni porque me dejes vivo he de estimarte. Soy un hombre leal que sirve a su patria, y tú un cobarde desleal que sirve al enemigo.