—Ya lo sé... que seremos arcabuceados...
—A la madrugada. El general no quiere carnicerías; pero el jueves cogió Mina a diez franceses y a todos los fusiló.
—Hizo bien —dijo don Fernando—; y es lástima que no te cogiera también a ti, español renegado a lo que pareces... Si Dios me sacara de esta cárcel, y recobrase yo mi libertad y mis armas, a ningún afrancesado perdonaría.
—Amigo —dijo el mancebo—, la situación en que usted se halla no es la más propia para vituperar la conducta de los demás y poner cual no digan dueñas a los que, por razones que usted ignora, servimos a los franceses.
—Mi situación no me espanta —repuso el viejo con gravedad—. Moriré por la patria, por la religión, y Dios me acogerá en su seno. La muerte que me espera no la cambiaría por cien vidas como la tuya, infeliz joven, por esa vida deshonrada en flor.
El mozo guardó silencio.
—¿Quién te engañó? ¿Quién te sedujo? ¿Sabes lo que es servir al enemigo y hacer causa común con los verdugos de la patria?
—Hablador es el viejo —dijo Salvador un poco enojado—. Hará usted bien en descansar y en tranquilizarse, señor Navarro. Adiós.
—¿Cómo sabes mi nombre?
—Me lo dijo Respaldiza. Conozco mucho al cura de la Puebla de Arganzón, donde he vivido dos años.