—¿Cómo te llamas?
—Salvador Monsalud... yo soy de Pipaón.
El anciano dio un suspiro profundo echando hacia atrás la cabeza, que al chocar bruscamente contra el tabique produjo un triste y hueco sonido, como el de un cántaro que está a punto de romperse.
—Adiós —dijo Salvador con la mayor indiferencia—. Volveré después a traer a ustedes alguna cosa. Me da lástima de los que van a morir aunque se lo tengan muy merecido... ¿Conque agua? Si hubiera carne... Veremos.
XVII
El estado moral de don Fernando Garrote fue, desde que se quedó solo, el más espantoso que imaginarse puede. La imagen y la idea de la muerte, que poco antes ocuparan por completo su espíritu, huyeron como accidentes fútiles y pasajeros, indignos del pensamiento. Toda su vida pasada, sus culpas, sus glorias se le pusieron delante, juntamente con el infeliz joven cuyo nombre acababa de saber. Veía tan claro el designio de Dios, que hasta con los ojos del cuerpo estaba viendo al mismo Dios delante de sí, grave, ceñudo, majestuoso y admirablemente sobrenatural y divino. Don Fernando sintió el terror más vivo que un alma humana puede sentir; miedo semejante tan solo a los terrores bíblicos que sobrecogían al pueblo elegido, cuando entre rayos y truenos sonaba la voz que había mandado a la luz que se hiciera, y a la tierra separarse de las aguas.
El anciano se prosternó en tierra, y apoyando contra las frías baldosas su ardiente cabeza, dijo en voz alta:
—¡Señor, Señor, lo merezco! ¡He sido un malvado! ¡Cúmplase tu voluntad! ¡Justicia terrible, pero justicia al fin! ¡Digna de mi vida es esta última hora que has dispuesto para mí!
Después siguió balbuciendo en voz baja oraciones piadosas y vehementes, hasta que su alma se fue tranquilizando poco a poco, y las terribles majestuosas facciones del semblante de Dios, que delante creía ver, se amansaron. El pobre anciano respiró, y, levantándose del suelo, fue tentando las paredes hasta el rincón más próximo, donde se acurrucó, cruzando las piernas y los brazos, y entre estos escondiendo la cabeza de tal modo, que parecía un ovillo. En tal postura, solo, sin movimiento, profundamente abstraído y encerrado dentro de si mismo, como el gusano en su capullo, dijo, palabra más o menos, el soliloquio siguiente, examen sincero de sus muchas culpas:
«Consagré mi juventud al vicio. Obediente a la ley de Dios tan solo en lo superficial y externo, falté a todos los deberes cristianos. Iba todos los días a misa y rezaba el rosario, ambos actos sin devoción y por pura rutina, pues en misa no atendía más que a las mujeres que poblaban la iglesia. Llamándome buen católico, y defendiendo de palabra y aun de obra la religión siempre que se ofrecía, mi conducta no dejaba de ser execrable. ¿De qué valía, digo yo, a mi alma el ser presidente por derecho hereditario de la sagrada congregación de Esclavos de Cristo, ni hermano mayor de la Virgen de la Asunción y guardián de su camarín, cuyas llaves se han conservado siempre en las arcas de mi familia, con el derecho de vestir la imagen en las grandes fiestas?... ¡Ay! He sido un perverso que se ha burlado de todas las leyes divinas y humanas. Amonestome un buen religioso francisco; pero me burlé de sus palabras, atendiendo más que a él a los que me adulaban fomentando con viles alabanzas mi disolución.