Salvador adelantó con paso inseguro, dirigiendo la luz de la linterna a todos los lados de la estancia.

—¿En dónde se ha metido? —dijo riendo a carcajadas como quien ha perdido el equilibrio de sus facultades—. ¡Ah! Está usted en el rincón... ¡Qué postura! De ese modo piden los ciegos en el camino.

Don Fernando Garrote, ante aquellas burlas, sintió que su sangre se trocaba en hielo.

—Entre esta gente —dijo con mucha aflicción—, ¿es costumbre burlarse de los desgraciados que van a morir?

—Perdóneme usted —añadió el joven luchando con el extravío de sus sentidos—. No sé lo que digo... esos pícaros hicieron propósito de embriagarme, y si no me levanto pronto...

—Vicio muy feo es el de la embriaguez —afirmó Garrote—. Un joven valiente y noble como tú, ¿será capaz de degradarse, abusando del vino?...

—No, no señor —repuso Salvador, en quien la vergüenza pudo por un momento más que la turbación de su mente—. Nunca he sido borracho; pero de poco tiempo a esta parte, me dan tales tristezas y se me acongoja el alma de tal modo, a consecuencia de mis desgracias, que algunas veces...

—¡Pobre muchacho! —dijo el guerrero acercándose a Monsalud, que, puesta en el suelo la linterna y la botella, se había sentado junto a ellas—. Me parece que como joven inexperto y sin fundamento, no te vendría mal recibir algunos consejos, y voy a dártelos.

—Pues toca la casualidad de que yo no he venido a recibir consejos, sino a acompañar a usted un tantico y traerle algo confortativo, porque siempre me da mucha compasión de ver a un hombre condenado a morir por cosas de guerra; y aunque este hombre sea mi enemigo, sí, mi enemigo por varias causas, siempre procuro que sus últimas horas no sean muy tristes. Conque guárdese usted los consejos, y beba vino, si gusta.

—No beberé —repuso don Fernando—; pero pues dices que vienes a hacerme compañía, acepto el obsequio de un poco de conversación.