—¿De qué vamos a hablar?

—De ti.

—¡De mí! —exclamó Salvador, otra vez atacado de la nerviosa hilaridad que tanto disgustara a Garrote—. ¡Bonito asunto! Tanto vale hablar del infierno.

—Al verte entre franceses, joven, apuesto, y con esa expresión de nobleza que tiene tu persona...

—¡Oh qué lisonjero está el buen hombre! —dijo Monsalud—. Señor mío, no me adule usted, pues aunque compasivo, no me vendo por alabanzas.

—Al verte así —continuó Garrote— he pensado que solo seducido y engañado ha podido un joven de tanto mérito entrar al servicio del rey José y de los enemigos de la patria y de la religión.

—Ni seducido, ni engañado, sino por mi propio gusto y libre voluntad —respondió el mancebo con firmeza.

—¡Y por tus venas corre sangre española! ¿No aborreces a esos herejes, asesinos y ladrones, de cuyos crímenes horrendos eres cómplice, sin duda por inocencia?

—No les aborrezco, sino que les estimo.

Don Fernando cruzó las manos y elevó los ojos al cielo.