—Les estimo —prosiguió Monsalud— porque ellos me ampararon cuando de todos era abandonado; diéronme de comer cuando me moría de hambre, y me pusieron este uniforme que han llevado los primeros soldados del mundo y los vencedores de toda Europa.
Garrote se estremeció de espanto, y un abatimiento angustioso sucedió a su anterior excitación.
—¿Pero tan pobre estabas y tan desamparado de todo el mundo, que necesitases venderte a los franceses para vivir?
—Pobre y desamparado, sí, porque mi madre había perdido la poca hacienda heredada, y no teníamos sobre qué caernos muertos. Yo fui a Madrid, y un tío que allí tengo me metió en un regimiento de la guardia jurada.
—Pero tu deber es pelear por la patria. ¿No ves a toda la nación en masa sublevada contra esos viles? ¿No ves el desprecio y el odio que inspiran? Observa bien que entre los pocos españoles que sirven en las filas francesas, no hay uno solo que sea persona honrada.
—¡Calumnia! Los hay muy buenos, y yo no me tengo por ladrón, señor Garrote —dijo Monsalud enojándose un poco—. Y punto en boca sobre esa materia.
—Poco a poco, joven: no he querido ofenderte —repuso Navarro con tanta humildad y timidez como un chico de escuela—. Te diré cuál ha sido mi intento. Al verte, sentí profundas simpatías hacia ti, y tanto me entristeció ver a un joven de mérito en la vil condición de afrancesado y en la torpe esclavitud de esa canalla, que me atreví a esperar que los consejos y la autoridad de este infeliz anciano, próximo a morir, tendrían alguna fuerza para desviarte de ese infame camino. ¿Me equivocaré, Salvador? —añadió con expresión muy afectuosa—. ¿Será posible que tu buen corazón y clara inteligencia no respondan a esta cariñosa súplica mía, a este deseo de que te conviertas, de que vuelvas a la santa fe de la patria en que todos los buenos españoles vivimos y morimos?
Monsalud miró a don Fernando por breve espacio, de hito en hito, y después rompió a reír con estrépito y descaro. El insigne Garrote no pudo contemplar por mucho tiempo aquella faz burlona, porque tuvo que esconder la suya entre las palmas de la mano para ocultar el llanto.
—No ha sido malo el sermón, padrito —dijo el mozo—. Y usted ¿qué pedazo de pan se lleva a la boca porque yo sea afrancesado o deje de serlo? A fe que me divierto oyéndole. ¡Buen modo de disponerse a una buena muerte! A ver, padrito —añadió llenando un vaso de dos que había traído—, echemos un trago a la salud del gran Napoleón I, Emperador de los franceses y señor de todo el mundo.
—No —dijo don Fernando rechazando el vaso—, no puedo creer que digas tales disparates formalmente. Eres joven, has bebido más de lo regular, y no sabes lo que sale de tu boca... Comprendo bien la causa principal de tu falta. Te sentías con ardor guerrero, heredado, sin duda, del que te dio el ser y la vida, y como los franceses tienen buena labia para deslumbrar a los jóvenes hablándoles de las grandezas del Imperio y de sus fabulosas batallas de Italia y Alemania, caíste en la trampa. ¡Qué necedad! La más arrebatada fantasía no puede soñar triunfos tan grandes como los que hemos alcanzado nosotros en esta guerra contra los decantados ejércitos de Napoleón. Nuestras batallas de Bailén, de la Albuera, de Tamames, de Talavera, y las defensas gloriosísimas de Zaragoza, Gerona y Tarragona, no tienen igual ni aun en los fastos de la antigüedad heroica. Y si estos hechos no fuesen aún de suficiente magnitud para lo que ambiciona tu grande espíritu, ahí tienes diseminadas por toda la redondez de España esas inimitables partidas de guerrilleros, los más bravos, los más atrevidos, los más generosos y leales hombres de la tierra, los verdaderos libertadores de la patria, los que al fin rescatarán a nuestro adorado Fernando, los que devolverán a la sagrada religión su esplendor y a Dios su reino predilecto.