Antes que concluyera, Monsalud había empezado a reír. Tomó las elocuentes amonestaciones del anciano como materia de placenteras burlas, y resuelto a contrariarle en todo por convicción, le dijo:

—No me hable usted de los guerrilleros, que si hay en la tierra plebe inmunda digna del presidio, ellos lo son. Compónense las partidas de los asesinos, ladrones y contrabandistas de cada lugar, con más los holgazanes, que son casi todos. Hacen la guerra por robar, no por echar de aquí a los franceses; y si algún día se acabaran estas misas, el rey Fernando tendría que colgarles a todos para poder reinar en paz.

Don Fernando exhaló hondísimo suspiro; mas no desesperanzado todavía de tocar alguna fibra sensible en el corazón del mancebo, le habló así:

—Aunque los guerrilleros fueran como dices, que no son sino lo contrario, no podrías justificar tu conducta. A todos has hecho traición, Salvador: a lo divino y a lo humano; has hecho traición a la patria; a los españoles, que son tus hermanos; has hecho traición a tu madre, que, sin duda, es española también y enemiga de nuestros enemigos; has hecho traición al rey, bajo cuyo amparo nacimos y en cuya veneranda persona se representan nuestro hogar y el sol que nos alumbra, y, principalmente, has hecho traición a Dios, cuya fe, más pura y fuerte en la nación española que en ninguna otra, han venido a destruir los franceses, introduciendo aquí, con la herejía, mil costumbres y prácticas nuevas que no conducen sino al pecado.

—Dios... ¡Buen caso hago yo de Dios! —exclamó el mancebo con un cinismo que llevó a su último extremo los temores de don Fernando—. ¡Qué atrasada está la gente por aquí!... No hay ninguno que haya leído a Voltaire, como lo he leído yo en todas las paradas del viaje desde que salí de Madrid.

—¡Desgraciado! —exclamó el anciano poniendo sus manos sobre los hombros del joven—. ¿Qué estás diciendo?

—¡Dios! Una palabrota y nada más. Si lo hay, que lo dudo mucho, estará allá arriba acariciándose la barba blanca y sin meterse en nuestros asuntos. Dígolo porque muchas veces lo llamé y... ¿me oyó usted? Pues él tampoco.

—¡Desgraciado! —repitió el anciano—. ¡Mil veces más desgraciado que si cayeras para siempre traspasado por las bayonetas de tus viles amigos! ¿No crees en Dios omnipotente, justo y misericordioso? ¿No crees en la Santísima Trinidad? ¿No crees en la Encarnación del Hijo de Dios, ni en su pasión y muerte por redimirnos del pecado?

—¡Oh cuánta monserga y cuánto embrollo! —repuso Monsalud riendo—. ¡La Trinidad! Tres que son uno y uno que viene a ser tres. Bonito lío han armado... Jesucristo no era más que un buen predicador y tan hombre como yo. Y de la llamada Virgen María, ¿qué puedo decir sino que...?

—Calla, calla, blasfemo infame —gritó con encendida cólera don Fernando, poniendo su mano en la boca del descomedido muchacho—. Tú no eres, no puedes ser lo que yo creí.